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Inteligencia: ¿Herramienta para justificar el dominio de unos grupos sociales sobre otros?

 

Carmen L. Rivera Medina

 

 

Derechos Reservados (c) 2002

 

Introducción

El ser humano ha podido avanzar dentro de muchos campos del saber. Ha adquirido conocimientos que lo han llevado a una era de adelantos tecnológicos jamás pensados cincuenta o sesenta años atrás. Sin embargo, aún con todos esos adelantos todavía no se han podido proveer respuestas sólidas a preguntas de ¿qué es lo que hace al ser humano un ser inteligente?, ¿cómo unos individuos parecen desarrollar la inteligencia más que otros?, y el debate sobre los determinantes genéticos y los ambientales sobre la inteligencia.  Si bien se tienen variables o factores ya identificados que pueden influenciar en la misma, todavía no hay un consenso sobre cuáles factores son los más que determinan la capacidad intelectual. A mediados de la pasada década se publicó un libro que causó gran controversia dentro del campo de la psicometría y la psicología en general, The bell curve: Intelligence and class structure in American life (Herrnstein y Murray, 1994). A juzgar por la literatura unos se indignaron, otros lo apoyaron, pero aun hoy día en el 2000 la controversia resurgida por el libro no parece tener fin. En el libro los autores explican  que la mayoría de los problemas sociales experimen­tados por los Estadounidenses son producto de los cocientes de inteligencia bajos que poseen los individuos de un sector de la población. De acuerdo a Herrnstein y Murray desde las condiciones en que nace el individuo, el tipo de padres que tiene, las escuelas y universidades a las que asista, la esposa o esposo que seleccione, el lugar donde va a vivir, el tipo de trabajo que va a seleccionar e incluso si decide involucrarse en actividades delictivas o no, en fin todo va a estar mediado por su nivel de inteligencia, expresado principalmente a través del Cociente de Inteligencia (CI).  Continúan diciendo que dicho CI a su vez va a ser más alto en los individuos de origen asiático, luego le siguen los europeos y anglosajones y por último los negros y los de otros grupos étnicos, siendo esto producto de un factor esencialmente hereditario.

De leer el libro de Herrnestein y Murray (1994) el lector, si no se cuestiona lo expuesto, se queda con la idea de que la realidad es que no se puede hacer nada o muy poco por mejorar la sociedad y la calidad de vida de los individuos pues a fin de cuentas todo depende de un factor hereditario sobre el cual no se tiene ningún control. Sin embargo dicha posición sería una determinista que atentaría contra la razón misma de la psicología que se interesa por la conducta del ser humano y sus posibles modificaciones en caso de ser necesario. Pero estos planteamientos de Herrnestein y Murray no son nuevos, históricamente y a través de las conceptualizaciones que se han hecho sobre el concepto inteligencia, se ha visto que precisamente esa ha sido la linea de pensamiento por no sólo años, sino ya casi por más de un siglo. Las ideas que son planteadas en este libro son más bien una perpetuación o un reciclaje de lo antes expuesto por Yerkes en 1921 (citado en Galloway, 1994), Jensen (1969) y Rushton (1995) entre otros.  Ideas que definitivamente tienen un impacto social y político pues aluden a la capacidad de unos grupos para poder tomar unas decisiones y regir sus vidas mientras que supuesta­mente otros carecen de esa capacidad implicando la necesidad de que sean dirigidos.

De igual forma, las controversias sobre lo que es la inteligencia o de qué factores depende la misma tampoco son nuevos. Se podría decir que todo es una prolongación de las discusiones que se han venido teniendo por siglos como por ejemplo las discusiones sobre la separaciones de mente-cuerpo o más adelante en la psicología naturaleza-ambiente. El concepto inteligencia ha sido uno ampliamente estudiado dentro y fuera del campo de la psicología generándose múltiples definiciones, teorías e investigaciones que apoyan una u otra posición. Desde el año 1921 los expertos en el área han intentado ponerse de acuerdo con respecto a la definición del concepto inteligencia (Molero, Saiz y Esteban, 1998). En este año 1921 se convocó a un simposio en el cual catorce expertos dieron su opinión sobre el significado de la inteligencia. Ninguna de las definiciones que se presentaron complació a la totalidad de los investigadores.  Sesenta años más tarde, Sternberg (Sternberg y Determan, 1988) pidió a sus contemporáneos especialistas que respondieran a la misma pregunta obteniendo resultados similares a los anteriores.

En el 1996, la Asociación Americana de Psicólogos (APA) expone su posición con respecto al tema de la inteligencia siendo éste el resultado de un comité creado con el propósito de asumir una posición en cuanto a la controversia surgida por el libro de Herrnstein y Murray. En ese momento los miembros de dicho comité (compuesto por Neisser, Boodoo, Bouchard Jr., Boykin, Brody, Ceci, Halpern, Loehlin, Perloff, Sternberg y Urbina) asumen una posición que refuta, sutílmente (demasiado se podría decir), muchos de los planteamientos de estos autores con respecto a la superioridad de unos grupos étnicos sobre otros.  Admiten que muchas de las preguntas sobre el concepto de inteligencia aún no tienen respuestas definidas y hablan de la posibilidad de que en unos años la forma como se estudia la misma sea muy distinta ha lo que se ha realizado hasta el momento. Sin embargo no asumen una posición como una agrupación de profesionales del campo de la psicología que ayude a romper el impasse respecto a este tema.

Si bien proveyeron,  a través de su periodico (Monitor) y de su revista (American Psychologist), el espacio para que diferentes personas se expresaran y debatieran sobre el tema, la posición asumida como grupo fue (se podría decir) la no posición logrando críticas de diversos sectores. Por ejemplo, Rushton (1997), Reed (1997) y Lynn (1997) critican el que lo expuesto por el comité sobre no haber evidencia empírica para la interpretación de que la inteligencia es por origen genético está completa­mente errado y pondría en duda las conclusiones a las que han llegado en sus investigaciones. Por su parte, Frumklin (1997), Melnick (1997), Velden (1997) y Ernhart y Hebben (1997) critican el que se hayan obviado estudios y errores metodológicos que ayudarían a aclarar este asunto. Naglieri (1997) por su parte, se siente ofendido de que se haya dejado afuera como teoría alterna para la explicación de la inteligencia  su teoría Cognoscitiva de Planificación, Atención, Simultanea y Sucesiva de los Procesos Cognoscitivos descrita por Naglieri, Das y Kirbi en el 1997. Yee (1997) considera que el comité en vez de aclarar la controversia creada por Herrnstein y Murray lo que logró fue todo lo contrario obviando la razón principal de la controversia que es el impacto del libro a nivel de politica pública que tienen los planteamientos sobre superioridad de inteligencia de unos grupos étnicos sobre otros.

Las nociones de inteligencia van a variar a través del tiempo, a través de las culturas y aún dentro de las mismas culturas dependiendo de a quién se le pregunte, sus métodos, nivel de estudio, valores y creencias (Gardner, Kornhaber y Wake, 1996). Si se observan cuatro definiciones de principios, mediados y finales del presente siglo se verá que las mismas no están tan alejadas unas de las otras. Por ejemplo:  Binet (1915) definió inteligencia como "...la tendencia de tomar y sostener una dirección definida, la capacidad de hacer adaptaciones con el propósito de obtener un fin deseado y la capacidad de autocríticarse" (citado en Sattler, 1992). Más tarde, Piaget (citado en  Matarazzo, 1972) la concibe como un aspecto de adaptación biológica, de lidiar con su medioambiente, y organizar el pensamiento y la acción de formas distintas a medida que se da el proceso de crecimiento y desarrollo. Wechsler (1958) la define como "...el agregado o capacidad global del individuo de actuar con un propósito, de pensar racionalmente y lidiar efectivamente con su medioambiente" (citado en Sattler, 1992). Por último, Sternberg (1997) presenta que la inteligencia "...comprende las habilidades mentales necesarias para la adaptación, así como el moldeamiento y seleccción de, cualquier contexto ambiental; ... la inteligencia no es sólo reactiva al medioambiente, sino que además es activa en formarlo. Le da a las personas la oportunidad de responder flexiblemente a situaciones retantes."

Las cuatro definiciones se asemejan en cuanto a visualizar al individuo inteligente con una capacidad de adaptación y que puede trabajar para lograr un objetivo. Ninguna de las cuatro presenta la inteligencia como una característica hereditaria, o la cual no es posible cambiar pues precisamente la capacidad de adaptación requiere de una flexibilidad. Por otro lado, si bien Binet no habla sobre la interacción del individuo en su medioambiente la capacidad de adaptarse implica una interacción con respecto a aquello que te rodea. En lo que se podría decir existe cierta diferencia es en que las definiciones de Wechsler y Sternberg presentan a un sujeto más activo con su medioambiente mientras que para Binet y Piaget el sujeto más que activo se adapta y acomoda al medioambiente. Aunque para Binet, a través de subsiguientes escritos sobre las pruebas mentales, el proceso de desarrollo era un proceso importante incorporando la edad mental del niño en las mismas, es Piaget quien hace referencia a este componente de una forma más precisa.

De igual forma no se puede pasar por alto que desde un principio hubo quienes consideraron la inteligencia como una característica de origen biológico, hereditario, que estaba dentro de la mente del individuo y que podía medirse; o sea, como un atributo unitario situado en la cabeza de los individuos (Gardner, Kornhaber y Krechevsky, 1993). A principios del siglo XIX, Goddard afirmó que "el principal determinante de la conducta humana es un proceso mental unitario llamado inteligencia... que es innata... y a la que afectan poco las influencias posteriores" (citado en Hardy, 1992). Sin embargo, con el tiempo ha tenido gran arraigo entre algunos teóricos una visión del concepto de inteligencia con un acercamiento más humanista o social. La inteligencia comienza a ser concebida no ya como algo que se tiene o no se tiene, ni solamente algo que se tiene más o menos, sino como algo que es parte de un proceso cambiante y adaptativo a las circunstancias que rodeen al individuo (Molero, Saiz y Esteban, 1998).

Tanto los planteamientos teóricos de origen biológico o hereditario, como ambientalistas o humanistas han sido objeto de críticas y debates por años. Sin embargo, al hacer una revisión de algunas de las teorías existentes, se puede observar cómo algunos teóricos parten de unos supuestos previamente establecidos que pudieran estar sesgados o erróneos desde sus inicios. Esta situación adquiere gran relevancia cuando estos  planteamientos teóricos son utilizados para diferenciar y adjudicar unas características de acuerdo a la raza o grupo étnico al que se pertenezca. Bajo tales circunstancias se debe analizar la base de estos planteamientos, sobretodo si los mismos, a su vez, van a tener un efecto en el cual unos grupos se van a ver beneficiados por encima de otros. El caso es más serio aún cuando inclusive, a base de estos planteamientos teóricos o conceptuales, se pretende desarrollar e implantar política pública en las áreas educativas, de prestación de servicios, de la salud, áreas de vivienda, en estrategias reproductivas, departamento de inmigración, entre otros.  Con estos planteamientos salen perjudicados los negros, los hispanos y otros grupos étnicos o lo que se ha denominado minorías de acuerdo a los estándares estadounidenses.

El uso que se le ha dado al concepto de inteligencia, al CI y a las pruebas de inteligencia obligan a cuestionarse el papel del quehacer psicológico dentro de esta polémica. Por ejemplo, ¿qué  aporta la psicometría dentro de toda esta controversia? ¿Cuál es el rol que está jugando la psicología, como profesión, en el desarrollo de teorías y conceptos que, al ser mal interpretados o aplicados,  pueden perjudicar o beneficiar a algunos grupos étnicos sobre otros? ¿Cómo es que surgen los planteamientos de que unos grupos étnicos son genéticamente más inteligentes que otros entregándoles todo el poder? Es el objetivo general de este trabajo el evaluar cómo es que el concepto de inteligencia y la psicometría se han convertido en herramientas para justificar el dominio de unos grupos sociales sobre otros y qué papel han jugado en la sociedad.

Trasfondo Histórico Social

Al hacer un análisis de la visión hereditaria de la inteligencia y una evaluación del curso que han tomado las pruebas de inteligencia y los estudios relacionados se puede percibir que estas áreas han estado siempre una junto a la otra. Sin embargo, contrario a lo que se esperaría, dentro de estas áreas no se ha estado estudiando la conducta y capacidades del individuo a base de lo que se observa sino a base de lo que se piensa se debe encontrar. Ya no es el plantear unas hipótesis para ver si se pueden sustentar o no a base de los hallazgos de un estudio, sino que ya se tiene una idea fija de cuáles van a ser los resultados. Entonces el concepto de lo que se hace en un estudio investigativo para sustentar o refutar una hipótesis se desvirtúa por completo.

Usualmente los estudios provenientes de las ciencias naturales o las “ciencias puras”  han gozado de un gran prestigio dentro y fuera del contexto académico.  Dichos estudios, con diseños metodológicos “muy bien controlados experimentalmente” para velar por la validez, objetividad y confiabilidad de los resultados, con frecuencia son la base para el desarrollo de teorías, programas preventivos de salud u otros estudios más abarcadores. La mayoría de los proponentes de que la inteligencia depende en su mayoría de un factor genético o hereditario parten de estudios que se supone fueron realizados bajo el paradigma puramente experimental  y objetivo. Pero, ¿es realmente ésto posible? ¿se puede ser completamente objetivo en la investigación? Toda teoría, conceptualización, o estudio investigativo responde a unas inquietudes del individuo que no están excentas de valores creencias, prejuicios y conceptualizaciones de cómo deberían ser ciertas cosas (Beit-Hallami, 1995; Rogers, 1996; Livingstone, 1995; Vera y Feagin, 1996 y Zenderland, 1997).  Todo teórico o investigador es un ser insertado en un contexto social, ubicado en un momento histórico, que va a responder a unas concepciones personales que se han dado a través de su desarrollo como individuo. O sea, el quehacer científico como tal  responde a una realidad social en la que está insertado el teórico o el investigador. La psicometría y el uso del concepto de inteligencia dentro y fuera del campo de la medición psicológica no han escapado a esta dinámica.

Desde finales del siglo 19 hasta finales del siglo 20 se ha escrito sobre el concepto de inteligencia y la superioridad en cocientes de inteligencia de los Europeos y Anglosajones sobre los Africanos, Afroamericanos y otros grupos minoritarios debido a factores genéticos (Galton, citado en Dennis, 1995; Goddard, citado en Zenderland 1997 ; Jensen, 1969; Rushton, 1992, 1995, 1996; Herrsntein y Murray, 1994). Sobre este particular, Lewontin, Rose y Kamin (1996) consideran que dichos planteamientos responden a un patrón que ellos denominan determinísmo biológico. El determinísmo biológico parte del supuesto de que las vidas y las acciones humanas son consecuencias inevitables de las propiedades bioquímicas de las células que constituyen al individuo y que estas características están a su vez determinadas únicamente por los constituyentes de los genes que posee cada individuo. De esta forma el determinismo biológico ha sido un poderoso medio para: 1) explicar las desigualdades de estatus, riqueza, y poder observados en las sociedades capitalistas industriales contemporáneas; y 2) definir el comportamiento universal de los humanos como características naturales de estas sociedades. Esta visión se fundamenta en dos principios: primero que los fenómenos sociales humanos son consecuencia directa del comportamiento de los individuos, y segundo, que los comportamientos individuales son consecuencia de unas características físicas innatas. Lo anterior implica que ninguna práctica puede producir una alteración significativa en la estructura social o de la posición de los individuos contenidos en ella, excepto mediante algún programa de ingeniería genética. Por ende, descartan la concepción de la psicología como una disciplina cuyos objetivos y técnicas van dirigidos a promover el cambio y la modificación del comportamiento del ser humano.

A partir de la publicación del libro de Herrnstein y Murray (1994) se puede encontrar en la literatura toda una serie de cuestionamientos y análisis sobre los factores histórico-sociales de los que parte el determinismo biológico y de aquellos que lo proponen. La literatura cuestiona la objetividad de la ciencia y el uso que se le da a la misma como una justificación para proponer, proyectar y establecer políticas sociales racistas (Dennis, 1995; Wilson, 1995;  Jorgensen, 1995;  Rogers, 1996). Haciendo un recuento histórico, Dennis (1995) sostiene que las primeras ideas filosóficas y políticas asociadas con la superioridad racial fueron legitimizadas por primera vez con la publicación de Charles Darwin (1859), El origen de las especies. El darwinismo social plantea que las características individuales están moldeadas por la genética y por lo tanto son firmes y fijas para todos los grupos en todos los tiempos.

En Inglaterra y los Estados Unidos, el Darwinismo Social fue aceptado ya que el mismo apoyaba prácticas y políticas que ambos países justificaban y eran congruentes con sus intereses nacionales.  Para Inglaterra los principios del Darwinismo Social les servían para desarrollar sus politicas racistas externas e imperialistas. En los Estados Unidos el Darwinismo Social juega un papel importante en un momento histórico en que se consideraba necesario para mantener el estatus quo que justificaba la esclavitud y el dominio de los blancos sobre los negros, acción que se venía debilitando en las decadas del 1840 y 1850. Es para estos años que se comienza a atacar la institucionalidad de la esclavitud en el Norte y ya muchos de los países industrializados habían abolido la práctica o estaban en el proceso de hacerlo, cuando surge gran parte de la literatuta Americana sobre la inferioridad de las personas Africanas.

Ya en un contexto más contemporáneo, Miringoff (1996) sostiene como el marco social individualista del cual parte la sociedad Americana hace énfasis en las fortalezas del individuo para lograr sus libertades. Dentro de esta perspectiva, cuando el individuo fracasa se debe a su debilidad, defectos o fracasos individuales sin reconocer las fuerzas sociales que pueden haber contribuido al fracaso. De esta forma la sociedad no es responsable y no se tienen que alterar las condiciones institucionales y ambientales para que el individuo alcance unas metas y logros.

De acuerdo a Dennis (1995) los trabajos de Benjamin Kidd y Karl Pearson, quienes hicieron planteamientos importantes para el campo de la psicometría, fueron respuestas a la presión de las naciones Europeas y Estadounidenses para establecer colonias durante la última década del siglo 19. Ambos expansionistas territoriales veían el colonialismo e imperialismo y otros esfuerzos como el modo de poder controlar los recursos naturales así como las personas de continentes distantes. Partiendo de esa visión darwinista, Kidd y Pearson visualizaban la política Inglesa, la economía y el control cultural de las razas inferiores no sólo necesaria pero importante para sacar la civilización de la oscuridad. A su vez, los trabajos de Francis Galton (1892, citado en Dennis 1995) en el campo de las pruebas fueron un factor importante para la prolongación del la ideología de supremacía. Considerado el padre del movimiento eugenésico, Galton desarrolló una serie de pruebas para probar científicamente las diferencias hereditarias entre las clases sociales en Inglaterra. Dicho movimiento adquirió mayor importancia cuando surgieron las primeras pruebas de inteligencia desarrolladas por Alfred Binet y Theodore Simon a comienzos del siglo 20 cuyo propósito principal era diagnosticar objetivamente grados de retardación mental (Sattler 1992). En 1905 y 1908 Goddard introduce a los Estados Unidos las versiones de la prueba de Binet y Simon (Sattler 1992) para luego hacer una adaptación y estandarización de las mismas. Sin embargo, Goddard altera la visión de Binet sobre la inteligencia y considera que la misma es una función unitaria determinada grandemente por la herencia. Para Binet las pruebas sólo proveían el nivel de funcionamiento al momento de administrarla (no era algo fijo), el cual estaba determinado por la edad mental del niño, esto tomando en consideración las observaciones clínicas e historial pasado y actual del evaluado (Matarazzo 1972).

Para muchos, las pruebas de inteligencia crearon una fascinación ya que el poder medir cuantitativamente la inteligencia, un constructo hipotético, no tangible, era una forma de probar que las ciencias sociales podían ser objetivas y cuantificables como los estudios de química u otras ciencias naturales (Dennis, 1995). Para otros, las pruebas eran un instrumento científico para probar la supremacía de unas razas sobre otras y así validar la tesis de Galton de supremacía Anglosajona. Aún cuando las mismas fueron desarrolladas para propósitos distintos, dichas pruebas, que luego siguieron siendo adaptadas y modificadas, eran utilizadas por muchos como una herramienta científica que les ayudaba a sustentar sus ideas.

Aún cuando el movimiento de las pruebas de inteligencia no fue la causa de las discriminaciones raciales o conductas opresivas, permitían a ciertos grupos justificar los viejos supuestos ideológicos y conductas opresivas (Dennis, 1995). Las pruebas de inteligencia se convierten entonces en armas ideológicas en las campañas de etiquetar a unas personas de manera que puedan ser explotadas. En los Estados Unidos las pruebas de inteligencia confirmaban cuantitativamente lo que ellos creían ideológicamente, que había una supremacía jerárquica blanca la cual se debía mantener al tope de todas las demás razas, especialmente de los Afroamericanos quienes debían ser excluidos de la cultura principal de la sociedad Americana. Esto se podía evidenciar en las prácticas de segregación racial existentes en las escuelas, iglesias, medios de transporte, lugares recreativos, por mencionar algunos, que se dieron en los Estados Unidos hasta las décadas de los sesenta y setenta.

Dennis (1995) y Wilson (1995) sostienen que el movimiento de derechos humanos que se experimenta en la década de los sesenta trajo mucha inquietud por la creciente inmigración de Afro-americanos del Sur mobilizándose a áreas urbanas del sureste, el norte y otras ciudades del centro. Sobretodo les preocupó el efecto que este flujo poblacional podría tener en términos de poder político, económico, educativo y cultural. Coincidiendo con ésto, surgen los planteamientos de Arthur Jensen (1969) quien declara que no sólo los Afroamericanos eran intelectualmente inferiores a los blancos pero que siempre habría una diferencia de 15 puntos en los cocientes de inteligencias de ambos grupos favoreciendo a los blancos. Estos planteamientos fueron utilizados por muchos para abogar por la permanencia de la segregación racial resultándo en decisiones gubernamentales que pudieron haber ido en desventaja para los negros.

Livingstone (1995) sostiene por su parte cómo en momentos en los cuales los grupos en el poder se ven amenazados se dan aliaciones entre el conocimiento intelectual y los grupos sociales dominantes. Invariablemente en estas crisis sociales, los argumentos a favor de una superioridad inherente de un grupo dominante en términos de algún rasgo discernible es promovido por los intelectuales afiliados. De esta forma las puntuaciones de las pruebas de CI se han utilizado por generaciones, no sólo para legitimizar la gradación y selección de estudiantes sino para la justificación de una jerarquía industrial organizada en las sociedades capitalistas. Dando un ejemplo contemporáneo de cómo se juntan los grupos de poder con los intelectuales aliados,Vera y Feagin (1996) plantean lo coincidencial de la publicación del libro de Herrsntein y Murray en un momento en que las acciones en el congreso se enfocaban cada vez más en una inmigración restringida, recortar fondos a programas de acción afirmativa y eliminar programas de bienestar social, lo cual era parte de la agenda política del partido republicano “Contrato con America” que emergió en las elecciones del 1996.

A su vez, Beit-Hallami (1995) plantea cómo cualquier trabajo académico tiene un contenido ideológico que puede estar inconsciente a nivel cognoscitivo pero no por ello deja de estar presente. Dicho autor afirma que las ideologías, patrones de creencias y valores estan siempre presentes en la forma como se interpretan los hallazgos de los estudios que se realizan. Para sustentar sus plantea­mientos Beit-Hallami  sostiene que el movimiento de pruebas mentales en el mundo de habla inglesa nació bajo la ideología de los eugenescistas y el racismo científico.  Por ejemplo, personajes importantes dentro del campo de la psicometría como Karl Pearson (director del Laboratorio Eugnésico en 1907), Galton (profersor de Eugenesia en Londres en 1911), R.A. Fisher, Charles Spearman, Cyril Burt, Raymond B. Cattel, Hanz J. Eysenck, Robert M. Yerkes, Carl C. Brigham, Lewis Terman, Henri H. Goddard, y Arthur R. Jensen (asesor y contribuyente de revista neofascista Neve Anthropologie) eran personas activas dentro de este movimiento. De acuerdo a Beit-Hallami el movimiento eugenésico tuvo tanta influencia en los Estados Unidos que llegó el punto donde se desarrollaron programas de esterilización involuntaria (aprobadas por el sistema judicial en un esfuerzo por reducir el número de niños con “defectos mentales”) que siguieron funcionando aún luego de que dicho movimiento perdiera fuerza.  En Puerto Rico se sabe que las pastillas anticonceptivas fueron repartidas entre las mujeres puertorriqueñas bajo un programa para el “control de la natalidad” proveniente de Estados Unidos, aún cuando se desconocían los efectos que pudieran ocasionar en el organismo. Esto entendiendose en un intento por disminuir la población en lo que era (y es) parte de su territorio pero considerando a los puertorriqueños como un grupo étnico inferior.

Wilson (1995) y Livingston (1995) sostienen por su parte que la mayoría de los estudios que presentan resultados que sustentan la supremacía de unos grupos étnicos sobre otros son auspiciados por fundaciones con ideologías extremadamente conservadoras y a quienes les conviene económica­mente mantener un estatus quo de supremacía sustentándolo con hallazgos científicos. Particularmente el libro de Herrsntein y Murray fue auspiciado por la Fundación Bradley, uno de los principales auspiciadores de estudios que responden a ideologías conservadoras. Esto añadido a que la mayoría de los trabajos citados en este libro, incluyendo los de Arthur Jensen, William Shockley, Philippe Rushton, Richard Lynn, y Thomas Bouchard, fueron escritos con fondos de la Fundación Pionner, la cual fue establecida para abogar por el hereditarianismo (Livingstone, 1995). Wilson (1995) explica cómo existe una negación del racismo abiertamente y este tipo de libros u artículos ayuda, de una manera públicamente aceptable, a justificar unas conductas opresivas de forma disimulada.

O sea, es como otorgarles permiso para no tomar acción sobre las desigualdades sociales porque eso no es producto de las sociedad sino de la genética. Haciendo un resumen de los planteamientos de Herrnstein y Murray para la no acción, Rogers (1996) dice como estos autores plantean la necesidad de eliminar la beneficiencia para las madres dependientes, erradicar los Programas de Acción Afirmativa, dar en adopción a niños que provengan de lugares de “alto riesgo” (inteligencia baja), dejar que la caridad venga de los vecinos y no del gobierno, recompensar a las personas por mantenerse casadas, utilizar pruebas de competencia para determinar si una persona debe inmigrar a los Estados Unidos y simplificar el sistema de justicia. Rogers considera estos planteamientos parecen la política conserva­durista de aquellos que temen al multiculturalismo. A su vez, este autor entiende que el libro de Herrnstein y Murray pretende exponer un estilo de vida, el que caracteriza al norteamericano de clase media a media alta, como el  estilo de vida que debe ser emulado y aceptado en la sociedad. Esto sin tomar en consideración que al norteamericano de clase media pueden estar ligados unas creencias y valores que no tienen que ser las aceptadas por el resto de la población.

Consideraciones metodológicas en el estudio de la inteligencia

A la par  con la necesidad de evaluar los valores y creencias de los que realizan estudios relacionados al concepto de inteligencia también se deben considerar los procesos metodológicos y marcos conceptuales de los que parten estos estudios. Dichos procesos no sólo pueden estar sutilmente sesgados para sustentar las hipótesis, sino que asumen premisas erróneas, operacionalizaciones de conceptos mal definidas o interpreta­ciones estadísticas sin fundamento. En el campo de la psicometría la literatura evidencia una gran cantidad de críticas que se han hecho a los estudios que pretenden mostrar la inteligencia como un factor básicamente hereditario y las diferencias existentes por origen étnico. Siendo el concepto de inteligencia uno que a través de los años ha creado tantas controversias definitivamente el estudio del mismo va a ser complicado. Conociendo las diferencias existentes en cuanto a la visión que se tiene de este concepto dentro de una misma sociedad, y aun dentro de una misma disciplina de estudio, donde no siempre existen acuerdos sobre cuáles conductas se consideran inteligentes, ¿qué se puede esperar cuando se pretende lo que se considera inteligencia de una cultura a otra? ¿Quién define la inteligencia? ¿Para qué propósitos se utiliza el concepto?

Algunos críticos comienzan por cuestionar el paradigma del cual parte el estudio como Zenderland (1997) quien considera que el paradigna histórico dominante en el campo de la investigación está demasiado dicotomizado, politizado y estático en explicar ya sea la creación o la recepción de las pruebas de inteligencia. Otros van a cuestionar el marco conceptual de los que aún hoy día ven la inteligencia como un factor predominantemente hereditario cuando se ha reconocido que no puede atribuirse ninguna base genética  a las diferencias en CI entre diversas razas y/o grupos étnicos (Lewontin, Rose, & Kamin, 1996). Según estos autores, el hecho evidente es que las razas y las poblaciones humanas difieren en sus experiencias y ambientes culturales en no menor medida que en sus dotaciones genéticas. No hay por lo tanto, ninguna razón para atribuir factores genéticos a las diferencias de puntuación media en las pruebas de inteligencia. En particular dado que es evidente que la habilidad para responder a los tipos de pregunta planteados por los examinadores del CI depende intensamente de la propia experiencia pasada. Esto conlleva el primer principio de la genética evolutiva: que todo organismo, en toda etapa de la vida, es el producto único de la interacción entre los genes y el medioambiente (Lewontin, Rose, & Kamin, 1996).

Es importante señalar que el concepto de inteligencia que se conoce es una definición que responde a la visión occidental de la misma por lo cual ésta puede variar de una cultura a otra. Sobre este particular, Yang y Sternberg (1997) plantean como los conceptos filosóficos sobre la inteligencia de la China antigua difieren marcadamente de la tradición antigua occidental y de las concepciones contemporáneas. Por ejemplo, para los confucianos la persona inteligente era aquella que dedicaba su vida a cultivar su caracter de manera que fuera capaz de hacer parte de él la benevolencia y las acciones correctas. En la tradición Taoísta una persona inteligente es aquella que conoce el Tao (La Verdadera Grandeza) y puede poner ésto en práctica. Con un conocimiento completo de sus condiciones imternas y externas tiene la habilidad de actuar inteligentemente, siendo capaz de ocultar sus fortalezas y conducirse con humildad. Estas definiciones no necesariamente son tan diferentes de las definiciones de inteligencia de origen occidental. De ellas se puede  ver cierta similitud en la capacidad del individuo para actuar juiciosamente con un conocimiento racional sobre el bien común y la responsabilidad del individuo por el otro, implicando un proceso cognoscitivo que infiere razonamiento, moldeamiento e instrospección. Sin embargo, el enfoque de esta visión oriental va hacia el desarrollo del espiritu y la benevolencia en el ser humano que puede ser alcanzado por todos y no la diferenciación de los individuos o a la percepción de superioridad.

Por otro lado, Cole (1981) critica el que investigadores inter-culturales intenten comprender los resultados de sus estudios utilizando dos grupos que desde un comienzo no son comparables. Cole (1981) sostiene que debido a que los grupos de comparación difieren en infinidad de formas, sería lógicamente imposible sostener que la intervención del investigador es psicológicamente igual para ambos grupos. Al comparar dos grupos de distintas culturas las dificultades inferenciales son extremadamente serias. Ninguno de los supuestos de aleatoridad que se utilizan para el trabajo de investigación no comparativo están disponibles. No se puede asumir que todos los sujetos entienden las instrucciones de la misma forma o que el estímulo propiamente del experimento es equivalente para todo el mundo. Más importante aún, no se puede asignar los sujetos aleatoriamente a las condiciones experimentales y luego asumir que este tipo de desigualdades aplican de igual forma a todos los grupos. Por ejemplo, Rushton (1996) presenta como evidencia de las diferencias entre blancos y negros los resultados de la Escala de Inteligencia Wechsler que se les administró a niños en Zimbawe y a emigrantes Etiopes quienes obtuvieron puntuaciones por debajo de los 70. Esto claro está en una población con un trasfondo cultural y acádemico muy distinto al de los niños europeos o estadounidenses para los cuales fue normalizada la prueba. Entonces cabe preguntarse ¿qué se podía esperar?  Aún en Puerto Rico, donde se ha tenido una relación estrecha con los Estados Unidos en los pasados 100 años de manera que se han asimilado algunas de sus costumbres, dichas pruebas han tenido que ser normalizadas y adaptadas por la carga cultural que tienen las mismas.

Claro está que un estudio en el cual las pruebas utilizadas hayan sido debidamente normalizadas para esa población, se administren las pruebas según los procesos sugeridos por los que realizaron su estandarización y se utilice un diseño metodológico adecuado, estos efectos deberían verse disminuidos. Sin embargo, se sabe que la mayoría de las veces las pruebas de inteligencia se utilizan indiscriminada­mente sin la debida estandarización y sin seguir los procesos de administración adecuados. En una publicación en muy pocas ocasiones se va a tener acceso a esta información. En la mayoría de las veces, los detalles específicos de cómo o bajo qué condiciones se administraron las pruebas son pasados por alto en las revistas científicas en las que se suelen dar detalles generales de los procedimientos de administración y dan mayor énfasis a la selección de la muestra, análisis estadísticos, entre otros.      

Looner (1985)  considera por su parte la importancia de recordar que los supuestos de los que se parte para la construcción de las pruebas pueden no ser válidos para todos los grupos. Baron y Korestz (1996) consideran se debe tener la cautela de verificar cuáles son y de dónde provienen los datos utilizados para establecer diferencias cognoscitivas de unos grupos sobre otros. Por ejemplo, en los Estados Unidos, la Evaluación Nacional del Progreso Educativo (NAEP, por sus siglas en Inglés) ha sido el indicador principal de la ejecución de los estudiantes en las escuelas siendo utilizado para evidenciar las diferencias en los niveles de aprovechamiento de diferentes grupos étnicos. Sin embargo, los estimados de esta prueba son poco confiables en la medida en que sus resultados no proveen para poder discernir si ha habido cambios en la ejecución de los grupos minoritarios quienes usualmente son los que salen desventajados en esta prueba.

Otra de las áreas que ha recibido grandes críticas es el estudio de gemelos en relación al concepto de inteligencia. El estudio de gemelos idénticos separados tendría valor teórico si se pudiera garantizar que había escasa o ninguna similitud sistemática entre los ambientes en que los miembros de la pareja habían sido criados. Sin embargo, historias clínicas de casos reales proporcionados  por Shields (1960) mostraron que en el mundo real los ambientes de los llamados gemelos separados (viviendo en casas separadas) han estado altamente correlacionados de manera que los ambientes a los que se exponían los niños no eran tan disimiles uno del otro. Este hecho hace que estos estudios sean virtualmente inútiles para intentar demostrar la heredabilidad del CI. Otros problemas son el que en cada estudio, el procedimiento usual ha sido que el mismo investigador administra la prueba de CI a ambos miembros de una pareja gemela violando un requisito metodológico básico de que tales exámenes deben hacerse a ciegas por parte del evaluador. La evaluación a ciegas proveería mayor control del estudio sin comprometer la objetividad del examinador durante el proceso.

Por su parte, aquellos estudios que parten de una visión psicométrica también han recibido fuertes críticas. De acuerdo a Siegler y Dean (1989), los enfoques psicométricos de la inteligencia se caracterizan por su énfasis en cuantificar y ordenar las habilidades intelectuales de las personas, en la confianza en las pruebas generales de inteligencia como base para sus datos y en el uso del análisis factorial para analizarlos. Lewontin, Rose y Kamin (1996), critican por su parte la decisión de que una buena escala es aquella en la que dos tercios de la población han de estar dentro del 15% de la puntuación media de toda la población. Consideran la curva de distribución normal una medida arbitraria cuyo poder es tal que los psicometristas cambian una y otra vez sus escalas hasta que encuentran este criterio. De acuerdo a estos autores la psicometría es un instrumento de la sociedad conformista que, a pesar de su pretendida preocupación por los individuos, en realidad está interesada principalmente en hacerlos competir y en infundirles el conformismo.

Sin embargo, si bien hay que aceptar que algunos o muchos estudios han jugado con la psicometría y los análisis factoriales de manera que los datos se ajusten a sus teorías esto no quiere decir que el uso de la curva normal en la psicometría sea un proceso arbitrario. De acuerdo a Herrans (1995) la curva normal es la distribución más común que se encuentra en la literatura psicológica para la mayoría de los atributos y características relacionadas al comportamiento humano.  Además, considerar la curva normal una medida arbitraria es como ir en dirección contraria al supuesto que caracteriza a la misma. El evaluador (generalmente, ya que estadísticamente lo podría hacer, pero dependiendo del caso sería “marroneo” ) no aplica la curva normal a sus datos si no que son sus datos los que en su distribución porcentual suelen asemejarse a la curva normal. En ocasiones las distribuciones no se van a ajustar a la curva normal, pero ya con eso tendrá que trabajar el estadístico al considerar los análisis que vaya a realizar. De esta forma no es un proceso arbitrario sino estadístico. Claro está, no se puede olvidar que los datos son el resultado de una conceptualización metodológica de los investigadores y que esta puede estar viciada por sus valores y competencia en el área.

Por otro lado, Gardner, Kornhaber y Wake (1996) plantean que muchos estudios que evalúan la ejecución de varios grupos étnicos o de otra índole en cuanto a capacidad cognoscitiva, reclaman que sus resultados tienen una base científica, desconociendo a lo que esto se refiere. Los estudios científicos pretenden encontrar explicaciones causales para ciertos fenómenos o conductas. Para investigar la conducta, los investigadores científicos utilizan técnicas estadísticas y experimentales que les permiten aislar y evaluar una posible causa o predictor. Para aislar las posibles causas, y descartar otras posibles explicaciones al evaluar sujetos humanos, los investigadores tratan de asignar al azar los individuos a los grupos de comparación. Sin embargo, la mayoría de los que proponen el determinismo biológico parten de estudios correlacionales con diseños metodológicos que de ninguna manera les permite establecer una relación causal para sustentar sus teorías o conceptualizaciones. Suele ocurrir a menudo en la literatura que aún hablando de análisis correlacionales los autores llegan a unas conclusiones de tipo causal que no van acorde con los análisis o la metodología utilizada siendo un vivo ejemplo de ésto el libro de Herrnstein y Murray (1994). Si bien es difícil el poder aislar las variables que pueden contribuir a algún razgo o conducta en un individuo, es mucho más difícil, por no decir imposible, que ésto se pueda lograr en el estudio de la inteligencia en los seres humanos.

Además de las críticas metodológicas que han recibido los estudios que sostienen la superioridad de unos grupos sobre otros, partiendo del concepto de inteligencia, también se les ha criticado sus correspondientes bases teóricas.  A autores como Jensen (1969), Rushton (1985) y Herrnstein y Murray (1994) se les ha criticado por no ofrecer planteamientos nuevos, sino que sus conceptualizaciones son tan similares de un autor a otro que más bien se convierten en prolonga­ciones de los trabajos anteriores (Dennis, 1995; Zenderland, 1997). A su vez, estos autores han sido criticados por siempre citar trabajos que sustenten sus teorías, citar a medias u obviar o minimizar información pertinente que refutaría sus planteamientos (Dennis, 1995; Wilson, 1995; Jorgensen, 1995; Rogers, 1996; Madhere, 1995; Cernovsky, 1995). Galloway (1994) muestra cómo a través de la historia se ha utilizado la prueba de inteligencia Army Alpha para evidenciar la superioridad de los blancos a base de omisión de datos e información que no les servía para sustentar sus teorías o hipótesis. Por ejemplo, Galloway expone como Yerkes (1921) en sus reportes sobre esta prueba sostiene que el 89% de los negros obtuvieron puntuaciones que los colocaron en la categoría de “morones”. Sin embargo, Yerkes restó importancia al dato en el que obtuvo una correlación de .75 entre los años de escolaridad reportados y la puntuación obtenida en la prueba concluyendo que son realmente los factores innatos del invididuo los que obtienen mayor peso.

Madhere (1995) critica por ejemplo el trabajo de Jensen (1993) cuyas publicaciones sobre el tiempo de reacción como un indicador de inteligencia y capacidad cerebral en el cual no se hace mención del rol de la glándula de la tiroides, ni del hipotálamo. De acuerdo a Madhere es ampliamente conocido en estudios endocrinológicos que las deficiencias en las hormonas de la tiroides resultan en hipotiroidismo y estan acompañadas de una disminución en los reflejos, hablar lento, deficiencias en la memoria y fatiga crónica. Lo cual refleja la importancia de considerar estas variables a la hora de hacer una evaluación y obtener el historial clínico de la persona evaluada. Rogers (1996) sostiene como los planteamientos de Herrsntein y Murray no van a la par con los artículos que consistentemente se han publicado en la revista Roeper Review, revista orientada hacia los educadores de niños intelectualmente dotados. Este artículo reconoce que:

“El CI  no es lo mismo que inteligencia sino solamente una parte de ella. El CI  no brinda toda la información sobre la inteligencia de una persona y que existen muchos tipos de inteligencia. Consideran que existen muchos aspectos que se tienen que evaluar en conjunto con la inteligencia como desarrollo social, desarrollo emocional, personalidad, habilidad perceptual, desarrollo motor, habilidad verbal, desarrollo visoespacial y talento (ejecución extraordinaria en un área). Reconocen que aún dentro de aquellos que se puedan definir como “altamente inteligentes existen diferencias marcadas que no están contempladas en The Bell Curve.”

Cernovsky (1995), por su parte, critica a Rushton (1992) por citar estudios de manera tal que se ajusten a sus planteamientos sobre la cavidad craneal y la correlación de ésta con el cociente de inteligencia dejando afuera otros estudios reconocidos que pueden refutar su teoría. Además lo critican por citar estudios cuya metodología es muy pobre, sus estimados se basan en supuestos y que su visión en cuanto a la inferioridad de los negros no es apoyada por evidencia empírica.

Consideraciones alternas al concepto de inteligencia

Precisamente por ser seres pensantes, cuya inteligencia no necesariamente va a depender de un factor genético al cual se circunscriben las conductas y emociones del ser humano, surgen nuevas ideas y cuestionamientos de su interacción con su medioambiente muy disímiles con los planteamientos del determinismo biológico. El modelo cognoscitivo surge en respuesta a la inconformidad con las teorías existentes, ya fuera por encontrarlas incompletas o completamente alejadas de los planteamientos de estos nuevos teóricos.  A comienzos de los sesenta, cobran fuerza dentro de la psicología cognitiva diversas propuestas, siendo las dos más importantes el estructuralismo y el procesamiento de la información (Molero, Saíz y Esteban, 1998). El estructuralismo es la primera propuesta en aparecer siendo su exponente más destacado Jean Piaget según lo expuesto por Hardy (1992). Su teoría del desarrollo intelectual contrasta de modo visible con los enfoques psicométricos que pretenden cuantificar las habilidades intelectuales e identificar las diferencias individuales en estas habilidades.

El enfoque piagetano se preocupa más de los aspectos cualitativos de la inteligencia y de los patrones universales establecidos como los órdenes invariantes de adquisición. La teoría evolutiva piagetana afirma que en muchos conceptos, los niños progresan a través de una secuencia de estados de conocimiento cualitativamente discretos y parcialmente correctos, que son anteriores a la comprensión completa. Esta secuencia de comprensiones parciales se produce en un orden fijo, por lo que resulta imposible enseñar la compresión intelectual a edades considerablemente más tempranas, que las edades en las que normalmente se dominan los conceptos (Siegler y Dean, 1989).

Rodríguez-Arocho (1994) llevó a cabo una revisión de las investigaciones que se han realizado en Puerto Rico, desde la perspectiva piagetana (Quintero,1978, 1985, 1987; Crespo, 1989; Rodriguez Arocho, Santos y Solivan, 1983),  encontrando que, en resumen, los hallazgos tienden a corroborar la existencia de estructuras diferenciadas de razonamiento de creciente complejidad. Sin embargo, el desarrollo de estas esctructuras parece verse afectado por variables de origen social, como nivel socioeconómico y la zona de residencia. De los estudios revisados por Rodríguez-Arocho,  no fue posible concluir que la lógica formal caracteriza el pensamiento a partir de la adolescencia, como plantea Piaget, ni tampoco que el desarrollo cognoscitivo lleva a la adquisición de categorías y conceptos importantes para el entendimiento de las ciencias y las matemáticas en forma natural. Rodríguez-Arocho concluye  que la evidencia señala mas bien a que la adquisición de esos conceptos se enmarca en unas nociones difíciles de modificar que tienen sus raíces en el medio de la socialización informal y que son mediatizadas por una multiplicidad de variables.

La segunda propuesta importante dentro del campo de la psicología cognitiva es el procesamiento de la información. Su enfoque parte de la idea de que el ser humano es un manipulador de  símbolos. Sus objetivos básicos consisten en describir los símbolos que son manipulados (la representación) e identificarlos (el procesamiento) (Molero, Saiz y Esteban, 1998). El auge de la llamada inteligencia artificial hizo que algunos investigadores sobre los procesos superiores humanos, recogieran el modelo computacional para intentar explicar los procesos cognitivos en las personas. Sin embargo, el mismo ha sido criticado por estudiar la inteligencia computacional y no inteligencia humana. De acuerdo a Hardy (1992), la inteligencia artificial soluciona los problemas mientras que la inteligencia humana es la que los crea y tiene la facultad de decidir qué problema es el que va a solucionar.

Por otro lado, aunque sin recibir en ocasiones la suficiente divulgación de sus planteamientos, la teoría vygotskiana esta siendo reconocida dentro de los marcos teóricos cognoscitivos (Rodríguez-Arocho, 1994). Rodríguez-Arocho cita a Vygotski quien propone una teoría contextual del desarrollo de la inteligencia. Su teoría propone que la obtención de funciones mentales más complejas tiene su origen en la utilización de herramientas físicas y símbolos, que son inventados por la cultura, y a los que los niños son expuestos y aprenden a dominar mediante el proceso de socialización. De acuerdo a Rodríguez-Arocho, la perspectiva vygotskiana adopta la premisa de que las funciones mentales dependen de las condiciones históricosociales y sostiene que el aprendizaje puede adelantar el curso del desarrollo. La revisión  de los estudios realizados en Puerto Rico desde esta perspectiva (Báez, 1988; García León, 1974;  Miranda, 1991; Miranda, Sewell  y Herrans, 1991 y Zambrana, 1992) apuntan, según Rodríguez-Arocho, a la posibilidad de poder modificar funciones cognoscitivas por medio de intervenciones sociales. Es decir, a la noción de la cognición como el resultado de procesos intrapsí­quicos y, por lo tanto, de naturaleza individual, se contrapone la noción de cognición como un proceso interpersonal que, al ser mediado por el lenguaje, la cultura y la historia, es por lo tanto, de origen social.

Otra de las teorías más recientes en el campo cognoscitivo es la teroría de Planificación, Atención, Simultanea y Procesos Cognocitivos Sucesivos de Das, Naglieri y Kirbi (Naglieri y Sloutsky, 1995), la cual sostiene que en la inteligencia están envueltos cuatro actividades mentales: la planificación es el proceso por el cual el individuo determina, seleciona y utiliza soluciones efectivas para los problemas: la atención es el proceso a través del cual el individuo selectivamente atiende a un estímulo entre varios; la simultaniedad es el proceso por el cual el individuo integra los estímulos en grupos; y los procesos sucesivos son los procesos a través de los caules el individuo integra los estímulos en un orden específico formando una progresión en cadena.

A su vez, en las últimas decadas se han destacado en el desarrollo de teorías de la inteligencia, dentro del marco cognoscitivo, los planteamientos de Gardner (1983) y Sternberg (1985) que surgen como dos alternativas fuertes dentro del campo. Ambos teóricos establecen más bien diferenciación entre los diferentes tipos de inteligencia que alegan tiene cada ser humano y cómo estos tipos de inteligencia pueden estar más desarrollados en unos que en otros. Específicamente Gardner propone la inteligencia múltiple distinguiendo entre la inteligencia linguística, lógico-matemática, espacial, musical, interper­sonal e intrapersonal. Sternberg propone, por su parte, la teoría triártica de la inteligencia humana separando los aspectos analíticos (clásicos) de la inteligencia de los aspectos creativos y prácticos que no están representados en las teorías psicométricas de inteligencia. Aún cuando se reconoce que son muchas otras las teorías que quedan sin discutir en este campo, a juzgar por la literatura, éstas últimas no deben pasar desapercibidas.

Por otro lado, dentro de la perspectiva biológica también se han estado realizando estudios que evaluan lo que algunos llaman factores ambientales y su efecto en el organismo y en destrezas cognosci­tivas. Estos factores ambientales se refieren a la falta de nutrientes, vitaminas o minerales que pueda tener el individuo debido a las circunstacias económicas y sociales en las que se desarrolle. En los últimos años los investigadores han encontrado que las deficiencias de hierro están asociadas con el frecuentemente irreversible deterioro de las habilidades cognoscitivas de los niños y otras anormalidades conductuales (Scrimshaw, 1991). Eysenck y Schoenthaler (1997) exploran por su parte la posibilidad de aumentar el cociente de inteligencia a través de suplementar la dieta con vitaminas y minerales, lo cual ha sido sustentado por otros investigadores (Snowden, 1997;  Ricciuti, 1993; Brown y Pollitt, 1996). Dichos intentos en programas de suplementos alimenticios surgen como resultado de estudios que sustentan que no necesariamente la malnutrición en los años primarios o en la etapa de gestación va a tener efectos irreversibles en el desarrollo cognoscitivo sino que éstos pueden ser atenuados con una intervención adecuada.

De acuerdo a Morgane, Austin-La France, Bronzino y colaboradores (1993) la nutrición puede ser el único factor ambiental que puede tener más influencia en el desarrollo tanto del feto como el neonatal jugando un rol importante en el desarrollo y maduración del sistema central. Una nutrición baja en proteinas en el periodo prenatal afecta adversamente el desarrollo del cerebro, dependiendo la magnitud de su efecto del momento durante el proceso prenatal en que se de la deprivación de las proteinas y la severidad de la misma. Morgane y colaboradores consideran que la malnutrición trae una variedad de disfunciones cerebrales mínimas y puede afectar el proceso atencional e interaccional del organismo con su medioambiente pudiendo producir aislamiento y llevar a problemas de aprendizaje. Otro factor ambiental que ha sido estudiado ha sido el efecto de tóxicos en el ambiente y su efecto en la capacidad cognoscitiva. En un estudio realizado en Puerto Rico se obtuvo que a mayor concentración de mercurio en el cuerpo mayor el daño intelectual (Ortiz, Rosselló, Muñoz, Vázquez, Maldonado, Suárez, & Donato, 1994).

A su vez, dentro de la perspectiva social del concepto inteligencia, no se puede pasar por alto otro concepto que se ha estado desarrollando en los últimos años. A pesar de que el mismo no goza de mucha aceptación aún, el concepto de cociente emocional es propuesto por sus propulsores como un complemento al estudio de la inteligencia. Según Goleman (1995), los últimos avances en el campo de la inteligencia se caracterizan por incluir dentro de su concepción la parte emotiva y afectiva de las personas, a la vez que se intenta describir y explicar cómo la razón y la emoción se unen y conforman el aspecto distintivo de la inteligencia humana. El término de "Inteligencia Emocional" fue definido por Salovey y Mayer (1990) como un tipo de inteligencia social, que engloba la habilidad de controlar nuestras propias emociones y las de los demás, así como de discriminar entre ellas y utilizar la información que nos proporcionan para guiar nuestro pensamiento y nuestras acciones (Molero, Saiz. y Esteban, 1998).

Goleman (1995) cita el estudio de LeDoux el cual revela como la arquitectura del cerebro da a la amígdala una posición privilegiada, como un sentinela emocional, capaz de forzar al cerebro a hacer algo distinto a lo que dictaría la razón. Sus hallazgos fueron significativos para entender cómo se dan las conexiones neurales en el cerebro de manera que ante un estímulo dado se puede producir una reacción emocional antes que una respuesta racional. De ahí que Goleman considere la importancia que estas conexiones límbicas tienen en el proceso mental y la importancia de realizar evaluaciones neuropsicológicas para poder detectar deficiencias que puedan dar la explicación para puntuaciones más bajas en exámenes de inteligencia. Esto entendiendo que existe una relación entre las puntuaciones de la prueba y aquellos aspectos que pudieran interferir en un pobre control de las emociones.

Desde el punto de vista de la neuropsicología (Lezak, 1995; Ardilla, 1999), las pruebas de inteligencia deben ser re-evaluadas ya que las mismas se encuentran limitadas para poder medir lo que ellos denominan las habilidades cognoscitivas fundamentales. Ardilla define estas habilidades como: las funciones ejecutivas (auto-regulación, control de la cognición, organización temporal de la conducta, evaluación de la conducta, inhibición selectiva de respuestas a estímulos inmediatos, conducta planificada y control de la atención), la memoria y las habilidades viso-espaciales. De acuerdo a Ardilla aún cuando Wechsler considera estas habilidades en su definición de inteligencia ninguna de las Escalas de Inteligencia Wechsler, ni la mayoría de las pruebas de inteligencia disnponibles, pueden medir a cabalidad estas habilidades.

Sin embargo, no necesariamente las pruebas de inteligencia están tan limitadas pues de las mismas se pueden obtener indicadores de las habilidades cognoscitivas presentadas por Ardilla. Mas bien se diría que cumpliendo un objetivo distinto al de las pruebas neuropsicológicas, las pruebas de inteligencia no miden estas habilidades cognoscitivas con el mismo nivel de profundidad. Por otro lado, cabe preguntarse el porqué los teóricos que parten del determinismo biológico para evaluar la inteligencia no han recurrido ha este tipo de pruebas. Las pruebas neuropsicológicas parten de un trasfondo neurológico que pudiera servir de base “científica” para aquellos como Herrnstein y Murray que están a favor de un factor hereditario determinante en la inteligencia. Son precisamente las funciones ejecutivas a las que aluden Herrnstein y Murray al plantear el rol importante que juega el nivel de inteligencia en las decisiones diarias que pueda tomar el individuo. Por lo tanto, cabe preguntarse el porqué no han recurrido a este tipo de pruebas para sustentar sus planteamientos.

Conclusión

A juzgar por lo antes expuesto, la psicometría ha jugado un papel crucial en el uso e interpretación adjudicados a las pruebas de inteligencia para sustentar las teorías del factor genético-hereditario en el nivel de inteligencia. El uso y abuso de las pruebas de inteligencia, en conjunto con una pobre metodología y cuestionables bases teóricas de las que han partido ciertos científicos a través de la historia son los que han llevado a crear una falsa percepción de superioridad de unos grupos étnicos sobre otros. La literatura evidencia la falta de objetividad con la cual se han realizado la mayoría de los estudios que han sido utilizados para sustentar la teoría que apoya el determinismo biológico. De igual forma evidencia el papel que han jugado dentro del proceso un sector de la población con intereses muy particulares por su poder económico y político en las sociedades estadounidenses y europeas. Esto en conjunto con psicometristas altamente reconocidos que de igual forma responden a estas ideologías y se prestan al montaje “científico” aunque el mismo pudiera ir en contra de la ética de su profesión.

En el presente trabajo queda evidenciado que si bien la psicometría ha servido de herramienta para sustentar unos planteamientos erróneos, existe un sector dentro de la profesión que se preocupa por el uso adecuado de la misma. De seguro, es gracias a estos profesionales que estas ideologías erróneas son cuestionadas a tal punto que se logra acallarlas momentaneamente. Sin embargo, como se ha visto a través de la historia de la psicometría, cada cierto tiempo resurgen las mismas ideas del determinismo biológico con respecto a la inteligencia. Esto en respuesta a circunstancias sociales que se esten dando en conjunto con intereses particulares de grupos que de alguna manera quieren mantener el dominio y el poder convirtiendo el proceso en un ciclo.

Es precisamente este ciclo el que debe mantener alerta a todo profesional de la psicología. El psicólogo y en especial el psicometrista tiene que asumir un papel más crítico y activo. Ya no es tan sólo velar porque a las pruebas de inteligencia se les de un uso e interpretación adecuadas. Sino que se debe tener un ojo crítico para toda información que sale en la literatura científica y no cientifica que pueda de alguna manera perjudicar a algún sector de la población. Es entonces cuando se tiene que indagar ¿de dónde provienen estas ideas?, ¿quiénes las están promulgando y cual ha sido su historial profesional?, y ¿quiénes brindan los fondos para los estudios que dicen sustentar sus teorías?. Pues a partir de lo encontrado en la literatura, este tipo de planteamientos no se dan en un vacío sino que usualmente vienen acompañados de propósitos ulteriores para justificar unas acciones políticas y sociales que de otra forma serían altamente cuestionables.

A su vez, como profesionales de la salud mental que respondemos a unos codigos de ética nacionales e internacionales deberíamos asumir una posición más firme respecto a este asunto. Llama la atención el que asociaciones reconocidas dentro de la profesión de la psicología no asuman una posición más enérgica. La información provista en este trabajo es accesible a todo el que se interese por este tema, no es información privilegiada para algunos profesionales o de difícil acceso. Sin embargo, por dar un ejemplo, el comité designado por la Asociación Americana de Psicólogos para trabajar sobre el tema actuó como si esta información no existiera. Inclusive, aún cuando citan trabajos que cuestionan el determinismo biológico, citan los trabajos de Jensen, y Herrnstein y Murray como si los mismos merecieran credibilidad. En ocasiones el proveer los espacios para la discusión sobre un tema, como ha hecho la APA sobre éste no es suficiente, mucho menos cuando se trata de seres humanos que se pueden ver perjudicados por este tipo de planteamientos. Esta actitud es peligrosa ya que como profesionales del comportamiento humano las posturas que asumamos tienen un impacto directo en el resto de la sociedad que nos ve como los poseedores del conocimiento y por ende de la verdad.

A tono con lo anterior, Miringoff (1996) plantea la peligrosidad de las orientaciones genéticas dentro del campo de la inteligencia por ser un discurso que está siendo acogido por el discurso nacional, legisladores y personas dentro de la politica pública. De igual forma, alerta sobre los estudios que pueden llevar a una etiquetación del individuo poniéndole limitaciones a sus aspiraciones y con consecuencias socialmente peligrosas. Vera y Feagin (1996) concluyen por su parte que el libro de Herrnstein y Murray es un libro montado en un discurso científico repleto de estadísticas que a diferencia de los ataques físicos violentos sobre personas subordinadas, como los que hacen los de la Supremacía Blanca, es un libro escolar que tiene un impacto más permanente y soslayado en el discurso público y político.

Rogers (1996) plantea como su mayor preocupación lo que pudieran hacer personas semi-educadas con este tipo de información. Dicho autor sostiene que la mayoría de los lectores a los cuales pueda llegar la información usualmente no se van a cuestionar si la información que ofrece el libro es cierta o es equivocada por lo cual la misma los puede llevar a actitudes erróneas hacia ciertos grupos étnicos. Zenderland (1997) explica cómo se pueden utilizar las ciencias de la psicologia, las estadísticas y datos para crear una falsa ilusión de peligro de una mala herencia reflejando una psicología incompleta.

Por otra parte, aún cuando la mayoría de las controversias creadas por teorías del determinismo biológico se han suscitado en los Estados Unidos, las mismas no dejan de afectarnos directa o indirectamente en Puerto Rico. Por los últimos 100 años la isla se ha mantenido en una relación muy estrecha con los Estados Unidos en cuanto al contexto político, económico y social se refiere. Esta relación se ha reflejado en todos los ámbitos de nuestro quehacer diario puertorriqueño.  Por otro lado, aunque disimulado, no se puede negar la existencia de prejuicio en Puerto Rico, ya sea racial o de clase social. Tales motivos hacen pensar que de alguna manera todos estos planteamientos teóricos tendrán algún efecto en la vida del puertorriqueño. Como profesionales de la salud mental y como puertorriqueños parte de un grupo de los llamados “desventajados intelectualmente” tenemos que asumir un rol aún más activo en cuanto a las pruebas de inteligencia y el uso de las mismas de manera que no estemos creando nosotros mismos una falsa imágen de inferioridad.

Con demasiada frecuencia utilizamos pruebas de inteligencia que no han sido debidamente adaptadas y normalizadas para los puertorriqueños. Esto ya sea por que son las que tenemos a la mano, por que sus materiales nos parecen más atractivos, porque son más fáciles de administrar que las que están normalizadas en la actualidad, sin darnos cuenta que con estas acciones nos estamos prestando para seguirles el juego a los propulsores de unas ideologías erroneas. Las pruebas de inteligencia no tienen porque ser motivo de discordia si se utilizan adecuadamente. Si el uso que damos a sus resultados es para proveer información adicional de la persona evaluada y no lo vemos como el todo que va a identificar o etiquetar a esa persona y si tomamos en consideración el historial que trae esa persona. Utilizándolas de otro modo nos convertimos en un eco de aquellos a los que criticamos por el mal uso que se les da a las mismas y la falta de profesionalismo que se presta para dar vuelo a las ideologías con infulas de grandeza y deseos de dominio.

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