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Julia de Burgos, una mujer con propósito histórico: sobre el tema del poder en la vida cotidiana

Martínez García-MayorMercedes 

 

Derechos Reservados (c) 2002

 

 

 

...La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo.La actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior.       Octavio Paz, 1981  

 

               Julia de Burgos fue una mujer con propósito histórico.  El epígrafe que encabeza este ensayo nos remite a reflexionar y afirmar que a través de la producción poética, Julia de Burgos comparte y ofrece conocimiento al mundo,  provee un espíritu de salvación a las mujeres, nos convoca a reconocer nuestro poder; y nos incita para que nos movilicemos y tratemos de cambiar el mundo.  Mientras nos deleitamos en el abandono de la lectura, vamos reconociendo que su actividad poética ciertamente ha sido revolucionaria y que ‘leerla’ puede constituir, no sólo un ejercicio espiritual, sino un método de liberación interior.  

                En este ensayo pasaremos a compartir algunas de las múltiples reflexiones y transformaciones que puede provocar la lectura de la obra y biografía de Julia de Burgos, particularmente en este momento histórico y desde la experiencia de la vida cotidiana.  Estas reflexiones emergen de las interpretaciones y análisis de las ‘lecturas’ de su biografía y producción literaria;  a partir de las cuales se fue re-creando una/otra Julia de Burgos, la Julia de Burgos de nuestro imaginario.  Guevara (1991) expresó que “existe lo real, la historia, la escritura sin que el sujeto la pueda aprehender y el simbólico que es el aparato con que el sujeto lee lo real; el imaginario constituye la producción que surge entre lo real y lo simbólico del sujeto” (pp 66-67).  Añade además que “es el campo de referencia del discurso, de los objetos y sus relaciones de oposición y/o complementariedad, incluído el propio yo -con el que el sujeto supuesto saber erróneamente se confunde- y desde luego todos sus otros imaginarios” (Ibid, p. 63)

                 Nuestro imaginario produce una Julia de Burgos revolucionaria, con cualidades heroicas y mesiánicas,  capaz de transformar y ampliar las concepciones sociales con respecto al poder que poseemos/tenemos las mujeres, independientemente de las coordenadas histórico-sociales y económicas en las que se configure nuestra identidad.  Es esa  Julia de Burgos de nuestro imaginario la que nos impulsó a cuestionar y transformar las experiencias de la cotidianidad  y las narrativas que ponderan la ideologías dominantes en relación al rol de la mujer contemporánea.

                La producción, reproducción y recopilación histórica constituyen sistemas selectivos de orientaciones cognitivas hacia la realidad (Carr, 1984).  Los mecanismos de recopilación histórica, así como la participación del ser humano en los procesos de producción y reproducción de la historia (que incluyen la producción literaria) se pueden conceptualizar a partir de la noción de ideología.  La ideología consiste en “unos modos compartidos de entender las realidades sociales, de justificar y promover actos sociales, interepretados como reflejos y expresiones de las relaciones sociales de dominación y control y observados en las instituciones y prácticas sociales a través de las cuales se ejerce el poder político”  (Moscovici, 1972,  p.55).

                El modo de producción dominante en un momento histórico particular provee el contexto en el cual los seres humanos crearán sus percepciones de la realidad y generarán relaciones sociales apropiadas a sus definiciones de la realidad según la perciben (Serrano-García, López y Rivera-Medina, 1992, p.82).  La realidad(es) de nosotras las mujeres, así como el marco ideológico que la(s) configura, se ha ido definiendo a través de la historia al margen de los centros del poder y, en muchas instancias, ha sido -vía la producción literaria- como hemos canalizado, expresado, sublimado y defendido nuestros sentimientos, anhelos, luchas y contradicciones. 

                Aunque luchamos intensamente por transformar esta realidad, lo cierto es que aún hoy día estamos desproporcional y discriminatoriamente ubicadas, en términos de la distribución de los recursos políticos y socioeconómicos, como en la contratación/ocupación de posiciones de poder.  La manera en que se han configurado las instituciones sociales, económicas, políticas y religiosas en la mayoría de los países del mundo promueven la desigualdad de los géneros con respecto al dominio, intercambio y distribución de los recursos. Tradicionalmente el hombre ha sido el que ha tenido el dominio de los mismos.  Trazar el comienzo de esta tendencia implicaría un análisis más profundo, pero sí deseo aclarar que no necesariamente atribuyo al género masculino la responsabilidad de este acontencer histórico que ha producido estas instancias de desigualdad, sino a procesos de mayor complejidad social, política y económica que no pretendo retomar en este ensayo.

                Las mujeres hemos sido ciudadanas de segunda clase durante milenios y aunque la situación de la mujer occidental en el siglo 20 parece ser mejor que nunca, el trayecto no ha sido lineal, han habido momentos de mayor libertad, proseguidos por épocas de gran represión al extremo de quemar vivas a las que mostraran indicios de querer asumir control sobre sus vidas o incursionar en áreas prohibidas (académicas, políticas y sociales) e incluso a las que intentaran reclamar independencia (Montero, 1995).   Si bien de momento nos parece ridículo aludir a estas prácticas represivas medievales, en la actualidad los titulares periodísticos destacan el hecho de que cada vez más mujeres puertorriqueñas mueren a manos de sus esposos, compañeros y/o novios (quemadas, mutiladas, ahogadas) como medida punitiva ante la negación de aceptar el maltrato cotidiano al que se supone nos sometamos pasivamente.  Está comprobado que en la medida que las mujeres logramos escapar de relaciones abusivas y/o desiguales, o cuando nuestros esposos o compañeros sienten amenazado su poder,  aumentan las probabilidades de que nos agredan violentamente, tanto a nivel físico como psicológico (Archer, 1994).

                En las instancias cotidianas que producen un devenir histórico particular con respecto a la situación de las mujeres,  han coexistido movimientos a favor de nuestros derechos, así como movimientos que han pretendido consolidar las diferencias por razones de género, sancionando, culpabilizando, juzgando y cimiminalizando a las que intentemos transformar esta realidad.  Sin embargo,  Montero (1995) disfruta al afirmar que al margen de los movimientos que promueven la desigualdad,  siempre han existido mujeres con una traición, una huída, una conquista en común; mujeres que han traicionado las expectativas que la sociedad depositaba en ellas, que huyeron de sus limitados destinos femeninos y conquistaron la libertad personal” (p. 28).  Añade que “siempre han habido mujeres capaces de sobreponerse a las más penosas circunstancias; mujeres creadoras, guerreras, aventureras, políticas, científicas, que han tenido la habilidad y el coraje de escaparse, quién sabe cómo, de destinos tan estrechos como una tumba” (p.19).  En ese sentido han asumido el poder porque han podido resistir, han podido escapar, re-comenzar y han podido hacerlo porque -como diría Foucalt (1997)- el poder vagabundea es imposible colonizar al sujeto.

                Este es fue el caso de Julia de Burgos, ilustre poeta puertorriqueña, primogénita entre 13 hermanos y quien, a través de la producción literaria y activa participación en movimientos contestatarios, inspiró el cambio social y logró contribuir con el cambio ideológico de la conciencia literaria feminista (Fiol-Motta, 1994).  Tal vez se pregunten, ¿Por qué compartir sobre Julia de Burgos? ¿Por qué investigar y analizar fragmentos de su vida y de su obra?  En realidad no elegimos trabajar con Julia de Burgos;  Julia de Burgos nos eligió a nosotras, en tanto nos habló en la cotidianidad a través de su obra, en tanto su historia y producción literaria nos impactaron de manera especial, nos hicieron reflexionar, motivando y afirmando posturas de género alternas a las de la ideología dominante. Encontrarnos con Julia de Burgos nos puede llevar a vivir, a pensar y a sentir de otra manera.  Entendemos que en sus trabajos fluye una voz que parece comprender a las mujeres, una voz que parece haber experimentado y confrontado luchas de poder similares a las que hemos batallado muchas de nosotras.  Luchas enmarcadas desde nuestro espacio como mujeres habitantes en un mundo irremediablemente masculinizado, pero irresistiblemente posibilitado para resitir-nos desde la cotidianidad asumiendo posturas alternas liberalizantes.

                Vigotski (1995) destacó la importancia del ‘otro/a’ en el desarrollo de nuestra conciencia, ilustrando la importancia de la cultura y lo social en el desarrollo de funciones superiores y es en ese sentido que podemos ponderar la experiencia de encuentro con ‘esta otra’ como vital y trascendental en nuestros desarrollos como mujeres en las postrimerias del siglo 20.  Las mujeres de esta época podemos encontrar una aliada en Julia de Burgos, una otra voz que comunica entender lo que muchas podemos estar experimentando, viviendo, sintiendo y significando.  Una otra voz (transgeneracional), capaz de apoyar nuestros sentires y preocupaciones, reafirmando que “el otro no está afuera, sino dentro de nosotros mismos” (Paz, citado en Ferré, 1998, p. 66).  Eso es precisamente lo que hace Julia de Burgos, se encuentra a sí misma para luego encontrar al otro/a a través de su poesía.

                Nos place privilegiar el espacio de análisis de la vida cotidiana vía la experiencia de lectura del poema:  ‘Yo misma fuí mi ruta’ (Apéndice al final del trabajo), rescatando instancias de su vida que no sólo contextualizan históricamente su experiencia como mujer, sino que ilustran la posibilidad de la resistencia y que motivan desarrollos cognitivos y sociales de orden superior que a su vez producen nuevos comportamientos o agenciamientos humanos,  al  centro o al margen del contexto social y cultural en el que nos toque/escojamos, movernos/habitar.   Julia de Burgos logró apropiarse de los recursos en un ambiente de post-guerra, crisis económica y social entre las décadas del 30 y los 40,  aportando al desarrollo de una conciencia de género superior y vanguardista.

                Si las relaciones de género están claramente vinculadas con las relaciones de poder,  cabe preguntarnos ¿cómo se manifiestan y expresan las relaciones de poder con respecto a la mujer a través de la historia de Julia de Burgos y en el poema seleccionado?  ¿Cómo ella reta estas instancias de poder?  ¿De qué manera sus expresiones poéticas impactan áreas de desarrollo cognitivo e ideológico?, ¿Cuál es el valor semiótico del texto y el impacto sociocultural e histórico del mismo?  Pasaremos a responder estas interrogantes a la luz de varios planteamientos teóricos, destacando las aportaciones de Foucalt (1997) sobre el tema del poder.

                Aspiramos a que, al recorrer fragmentos de su vida y revisar uno de sus textos más conocidos, podamos descubrir/crear otras historias que no están en su historia, todas aquellas historias que pueda producir la lectura de su historia y que “sólo se pueden rescatar aguzando el oído y escuchando los susurros de las mujeres”... porque “en las aguas del olvido hay historias llenas de náufragas y basta con embarcarse para empezar a verlas” (Montero, 1995, pp. 31 y 233).  Se trata un poco del fascinante placer de re-crear y compartir, -vía la impresión digital/computarizada de este texto-, fragmentos de nuestros propios desarrollos e historias de vida como mujeres.  Vidas que, aunque puedan estar plagadas de incertidumbres, intertextualidades, texturas, sabores y olores polimorfos, contradictorias, arrogantes y desquiciadas y que además hayan sido traspasadas, trastocadas y abrumadas por el dolor, puedan levantarse a través del poder redentor del amor y la esperanza para asumir un mejor encargo:  el de ser mejores seres humanas, respetando y aceptando nuestras ’diferencias’, nuestras propias contradicciones y transformaciones como características más representativas de lo que es ser-humana en nuestra realidad.

                En el transcurso de lo que denominamos un proceso intelectual dinámico que nos ha llevado a cuestionar incidiosamente nuestra realidad histórico-social, encontramos que una de las áreas de investigación social que más nos interesa es la lectura/análisis de las prácticas cotidianas.  Entendemos que es a través de las mismas que podemos constatar los agenciamientos del sujeto y las transformaciones subjetivas que emergen al margen o al centro del uso y abuso del poder.

                Las aportaciones de Schutz (1967), Garfinkel (1967) y Goffman (1959) han privilegiado el espacio de la vida cotidiana como el lugar por excelencia donde se consolidan ‘las verdades trascendentes’, donde se cristalizan los fenómenos de la dominación, así como los de la resistencia en su mayor concreción.  Es el espacio donde los etnometodólogos, los fenomenólogos y los interaccionistas simbólicos intentan encontrar las claves de la verdad situacional, del sujeto transitorio y contingente (López, 1992, p. 26).   Para Berger (Citado en López, 1992)  la realidad de la vida cotidiana es la más importante porque implica la existencia de múltiples realidades que son provincias finitas de significado (p. 27).

                Por otro lado, Heller (1977) define la vida cotidiana como el conjunto de actividades que caracterizan la reproducción de las personas particulares, quienes a su vez crean la posibilidad de la reproducción social.  Es en el curso de la vida cotidiana donde nos apropiamos de las capacidades, afectos y modos de comportamiento fundamentales con los cuales trascendemos nuestro ambiente, nos remitimos al mundo entero alcanzable por nosotros y nos objetivamos.  La idea del análisis de la vida cotidiana consiste en destacar la multiplicidad de figuras/variables que constituyen el funcionamiento social; es decir, los valores múltiples  y a veces antagónicos de la vida común y corriente.              

                Los análisis contemporáneos sobre el poder también rescatan el espacio cotidiano, particularmente las prácticas cotidianas.  De modo que nos interesó asumir la perspectiva teórica que se interesa en identificar cómo se manifiestan las relaciones de poder en la vida cotidiana-en este caso cómo se manifiestan las relaciones de poder vía la lectura de una muestra del trabajo poético de Julia de Burgos.  Nos place hacer uso de lo que consideramos una capacidad de resistencia, (esta vez a nivel intelectual) en tanto, al emplear un método de análisis alterno, estamos transgrediendo (metodológica y filosóficamente) los linderos del discurso científico tradicional ponderado en la mayoría de las investigaciones psicológicas tradicionales basadas en los paradigmas de la objetividad y simplicidad.

                Carwright (1959) criticó a la psicología social señalando que después de la Primera Guerra Mundial esta disciplina privilegió la investigación científica basada en la cuantificación, obviando el estudio de fenómenos que empírica y conceptualmente no pudieran ser medidos/cuantificados ni explicados.  Uno de los fenómenos o instancias de investigación que quedó rezagada fue el análisis del poder.  Esta tendencia de desligar las nociones de género con las relaciones de poder excluye del análsis y/o investigación científica todo aquello que sea de carácter subjetivo, imposible de ser  medido con el rigor y objetividad científicos aludiendo que ese tipo de metodología confiere ambiguedad a la creencia (Davis, Leijenaar y Oldersma, 1991).  Estos autores validan los intentos recientes que las reconectan redefiniendo la categoría género como la manera principal de significar las relaciones de poder señalando que la relación entre el tema de género y poder puede conceptualizarse en el sentido de que las relaciones de género constiuyen relaciones de poder.  

                Por otro lado, Nieto (1993) critica la postura redentorista de ese saber científico tradicional que postula conocer ‘la verdad’ y ser/producir/tener ‘el conocimiento,  lanzando un reto para el desarrollo de espacios de investigación  novedosos y creativos desde donde podamos ser parte de lo observado sin que se acuse de que  nuestro análisis está ‘contaminado’ por nuestra subjetividad.  Después de todo, aclara Nieto, “soy sujeto y por ello soy subjetivo...si fuera objeto, sería objetivo” (p.6).

                Los planteamientos de Nieto nos remiten a Foucalt (1997), quien ponderó el aspecto subjetivo como parte determinante de nuestra naturaleza humana y exaltó la capacidad del sujeto para crear constántemente espacios nuevos, burlar el poder, resistir la dominación.  Para Foucalt es precisamente la subjetividad la que nos posibilita, nos mueve nos hace ‘poderosas/os’.  Si bien Cartwright (1959) amplió la categoría de análisis sobre el tema del poder, enfatizando que el poder es un fenómeno complejo (que se expresa a través del liderazgo, de los roles sociales, de la comunicación, de las relaciones interpersonales e intergrupales)  el trabajo de Foucalt lanzó un reto a la psicología social elaborando otras posibilidades de análisis. 

                Estas categorías de análisis han constituído fundamentos del discurso psicológico contemporáneo,  particularmente entre los sectores que privilegian la postmodernidad y  las prácticas/manifestaciones cotidianas como categorías de análisis alternas en la investigación psicológica.  Después de todo, y como afirmaría Baró (1984), en sus análisis sobre el poder, “el poder se da en todos los aspectos de la vida humana y el análisis del poder es importante desde el punto de vista de la psicología social, particularmente en la configuración de la vida cotidiana, en el mecanismo de las rutinas...porque el poder opera en todas las relaciones”  (p. 92).   Baró indicó que el poder es “aquel carácter de las relaciones sociales basado en la posesión de recursos que permite a unos realizar sus intereses personales o de clase e imponerlos a otros”  (p. 101).   Entiende que la variable del poder está presente en todos los niveles de la escala social, por lo que debe considerarse en cada caso en su concreción social e histórica. 

                Según Foucalt (1997) el poder representa y constituye la realidad.  El poder se infiltra en la vida cotidiana de la gente y van proliferando lo que llamó las micro-instancias del poder.  Las manifestaciones de poder a través de la vida y obra de Julia de Burgos, reflejan que la poesía constituyó su manera de resistir el discurso hegemónico y desde esas  micro-instancias de poder, logró vivir al margen de lo que muchos hombres/mujeres quisieron que fuese; y es que si bien el poder genera la obediencia, también genera la posibilidad de la transgresión. Julia de Burgos transgredió el orden establecido por ‘los hombres’, interpretando el concepto ‘los hombres’ como una metáfora muy bien empleada como recurso del lenguaje poético de Julia de Burgos en la cual tanto el significado como el significante aluden a que son los hombres los que prescriben el orden social:  ordenando,  prohibiendo y sancionando.

                A través de la técnica de análisis de contenido veremos cómo se manifiestan las relaciones de poder en el poema seleccionado, aludiendo simultáneamente a instancias sociohistóricas del periodo en el que vivió Julia de Burgos.  El análisis de contenido es “una técnica que interesa el estudio de las ideas, significados, temas o frases y tiene el propósito de obtener información e ilustrar las tendencias contenidas en la comunicación, facilitando el “desmontaje de las diferentes formas de encubrimiento ideológico que existen en nuestra sociedad” (Ander-Egg, 1989, p.330-336). Las palabras y los textos son dispositivos poderosos que facilitan la configuración y significación de vivencias y subjetividades.  En ese sentido el análisis de contenido se materializa como medio para re-significar y re-apropiarnos de las prácticas discursivas y para observar además las transformaciones que de ellas  devienen (González y Martínez, 1994).

                Silva Bonilla (Citado en Martínez y Ratal, 1990) entiende que esta técnica se presta para examinar la ideología subyacente a cualquier discurso, ya que la misma se refleja, no en lo denotado, sino en lo connotado de las verbalizaciones, es decir en las metacomunicaciones que aparecen en forma latente en la comunicación.  Añade Silva Bonilla que mediante este análisis podemos conocer lo que existe detrás de los contenidos de los mensajes y de los estructuramientos de la clase social prevaleciente y que los contenidos subyacentes del discurso nos remiten a los procesos de lucha social (por género, social y/o económica) que se dan dentro de una sociedad donde prevalece la desigualdad.

                Los procesos de lucha social, económica y de género en la sociedad puertorriqueña del periodo histórico en que Julia de Burgos vivió (1914-1953) fueron influenciados directamente por los cambios provocados por la Primera Guerra Mundial, la cual vino a engrosar la crisis económica y cultural ante el cambio de soberanía del 1898, y determinaron el momento histórico puertorriqueño en los comienzos del presente siglo (Cabrera Freiría, 1957).  Añade la autora que también influyeron en la formación psicosocial y cultural de Julia de Burgos, así como en el resto de la sociedad puertorriqueña,  los estragos causados por la Gran Depresión de los 30, la participación de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, luego del famoso ataque a Pearl Harbor (1941) y por un espíritu revolucionario que se levantó en todos los territorios dependientes y coloniales.  También entre las décadas del 30 y el 40, periodo de desarrollo personal, social y literario principal en la vida de Julia de Burgos, las circunstancias materiales determinaron el desarrollo de corrientes independentistas y socialistas en las cuales militó.

                Cabrera Freiría (1957) destaca que este devenir histórico se traduce en el campo de las ideas en la búsqueda de nuevas posiciones vitales y que la generación que se da entre estos años 30 y 40 recogió la vacilante estapa de comienzos de siglo y, en movimiento paralelo al ‘98 español, se planteó reflexiva y hondamente el problema histórico y ontológico del puertorriqueño ¿qué somos?, ¿a dónde vamos? (p.14).  Julia de Burgos asumió esta responsabilidad histórica afirmando solidaridad a través de la producción de poemas de envión político-social que hicieron su aparición a raíz del encarcelamiento de Albizu Campos.   Además, las corrientes de vanguardia a finales del 30 cruzaron la trayectoria estética en la Isla y “fueron podando el verso que se hizo cada vez más íntimo, más puente de la expresión de la Julia aténtica” dato que cobra sentido a la luz del poema ‘Yo misma fuí mi ruta’ (Cabrera Freiría, 1957, p. 46).

                Julia de Burgos siempre se las agenció para resistir el poder y la represión: militó en el Partido Nacionalista representado por el Dr. Pedro Albizu Campos y también militó desde sus producciones poéticas confrontando la ideología dominante. Destaca Rodríguez Pagán (1992) que Julia de Burgos fue parte del “Círculo de Escritores y Periodistas Iberoamericanos” en Nueva York,  quienes, junto al grupo de puertorriqueños que vivían para mediados del 30 en la Metrópoli promovían y comunicaban la expresión sociohistórica y política de la Isla.

                En esa época, una de las manifestaciones de poder por parte del gobierno de los Estados Unidos hacia los sectores políticos que reclamaban libertad y directamente hacia la propia Julia de Burgos quedó evidenciada cuando en plena Guerra Mundial intentaron silenciar su participación en el periódico “Pueblos Hispanos” y aún cancelar la circulación del mismo, declarando los artículos expresaban tendencias comunistas.  Este dato, rescatado por Rodríguez Pagán (1992) refleja cómo se expresaban las relaciones de poder, no sólo con respecto a la mujer, sino con respecto a los que estuvieran en contra de la colonia.  Su participación en los movimientos de izquierda que se alzaban en contra de los grupos hegemónicos y que repudiaban la colonia, fue claramente cooptada, aunque ella se  resistió asumiendo el poder como minoría. 

                Añade Rodríguez Pagán (1992) que el cuerpo de redacción, así como los colaboradores del periódico -incluyendo a Julia de Burgos- fueron vigilados por la CIA y el FBI y que en una de las oportunidades en  que Julia viajó de Cuba a Estados Unidos, Aduana Federal incautó sus escritos y nunca le fueron devueltos.  Levantó sospecha por su relación con reconocidos intelectuales y políticos de izquierda evidenciando su poder al destacar a través de sus reseñas periodísticas, ensayos, relatos, crónicas y entrevistas los postulados ideológicos de sus maestros de los pueblos de América:  Bolívar, Martí, Sarmiento, Betances, Hostos, Albizu y Gabriela Mistral.  

                Según Foucalt (1997) cada sociedad tiene su régimen de verdad, su ‘política general’ de la verdad, es decir, los tipos de discurso que acoge y hace funcionar como verdaderos o falsos, el modo cómo se sancionan unos y otros, las técnicas y los procedimientos que están valorizados para la obtención de la verdad, el estatuto de quienes están a cargo de decir lo que funciona como verdadero; la verdad siempre resulta ser una producción del poder.   Con respecto al régimen de verdad del momento histórico en que vivió Julia de Burgos, apreciamos que la misma estaba basada en un contorno social colonial; se trataba de una verdad articulada, como diría González (Citado en Méndez Ballester,1998) “en un Puerto Rico de principios de siglo azotado por la pobreza extrema y la violencia política que se desataba con el cambio de soberanía y con la implantación de un monopolio azucarero que impuso a los trabajadores salarios de hambre”.  La época que le tocó vivir a Julia de Burgos fue sombría, cargada de violencia, terror y represión. Fue una época de huelgas, disturbios nacionalistas, grave crisis laboral, desempleo, dolor en la patria, en la que además comenzó a manifestarse la migración a Estados Unidos,  la cual Julia asumió. Pero, ella fue configurando una verdad alterna que le dió mayor expresión a su ser. 

                El trasfondo intelectual de Julia de Burgos constata que su saber le confirió poder. Foucalt (1997) entendía que el saber generaba poder, de modo que le interesaba saber cómo las personas se gobernaban a sí mismas y a otros a través de la producción del saber.  Fue una intelectual de vanguardia y sus saberes contribuyeron a que lograra gobernarse y a desarrollar estrategias alternas que le permitieron transgredir los órdenes establecidos y demandar justicia social,  convirtiéndose en ejemplo para muchas mujeres que han buscado imitarla para satisfacer sus propias necesidades de justicia social. 

                Estudió en la Universidad de Puerto Rico para la década del 30, graduándose con honores y fue reconocida por Neruda como llamada a ser una gran poeta en América.  Dominó el inglés y estudió además griego, latín y francés en la Universidad de la Habana.  Fue una gran lectora, destacando entre sus preferidos a Stefan Zweig, Kant y Nietche mientras que en el género musical prefería a Wagner y Beethoven (Argueros, 1997).  Resulta curioso el hecho de que leyera a Nietzsche, conocido filósofo del poder y descubrir que éste también influyó en el desarrollo de la propuesta foucaltniana sobre la genealogía del poder, en la cual plantea la relación entre saber y poder (Deleuze, Citado en Foucalt 1997) .

                Cuando Julia de Burgos escribe el poema ‘Yo misma fuí mi ruta’ la crisis económica rebasaba los contornos materiales y vulneraba todas las dimensiones de la sociedad.  Es un momento en el que la mujer luchaba por sus derechos y empezaba a ensanchar su horizonte hacia todos los órdenes de la cultura.  Cabrera Freiría (1957) señala que “este proceso,  unido a la crisis en lo económico, contribuyó a determinar una sociedad y tabla de valores vacilante; el empuje vital y dinámico y  la determinación de una toma de posiciones se concretan en los versos de  Yo misma fuí mi ruta” (p.123).  

                Al reconocer y declarar que “Yo quise ser como los hombres quisieron que yo fuese” Julia de Burgos reconoce que el proceso de internalización y asimilación de las reglas y valores de la sociedad,  a través del proceso de socialización,  nos lleva a imitarlas aunque las mismas atenten, en muchas instancias, contra los deseos alternos del corazón.  Baró (1984) explica que la aceptación de las normas institucionalizadas a través de las rutinas cotidianas refleja una de las formas más sutiles e importantes de cómo el poder hegemónico influye en el ser y en quehacer de las personas.  La influencia del poder en la vida de Julia de Burgos, como en la de cualquier ser humano, queda evidenciada en el verso que cuestiona:  ¿Cómo querían los hombres que ella fuera o cómo no querían que fuera?  Ciertamente no querían que fuera una mujer vanguardista ni militante política y la sancionaron como describimos anteriormente.  Como el poder define de antemano los comportamientos requeridos y acciones posibles; y su mirada estuvo siempre alerta al tiempo histórico que vivió (Cabrera Freiría, 1957),  ella sabía muy bien cómo quería la sociedad que fuera y así lo declara en otro de sus poemas: dama resignada, sumisa (Poema A Julia de Burgos),  y  ese saber le confirió el ‘poder’ para resistirse. 

                Cuando se refiere ‘a  los hombres’ consideramos que alude a todas las instituciones o aparatos ideológicos en los que hay figuras de autoridad.   La expresión poética nos refiere al concepto del ‘otro generalizado’, es decir que implica que las personas no sólo nos identificamos con los otros concretos, sino con una generalidad de otros, o sea, con una sociedad o sistema social (Berger y Luckmann, 1998).  Estos versos confirman además que las doctrinas sociales y estéticas de cada época son aprendidas, no innatas (González, 1961, p. 13) y Julia de Burgos demuestra su resistencia al no asumirlas.  De acuerdo a las conceptualizaciones de Foucalt (1997), Julia de Burgos transgrede los órdenes, burla el poder, se mueve, no permite que la colonicen; porque, si bien el poder tiene la capacidad de generar la obediencia, también genera la posibilidad de la transgresión.  Al hacer alución a los verbos ‘ser’, ‘soy’ ‘quiero’ implica un proceso de autoafirmación concreto de la autora,  que subraya y se suma a la tragedia existencial.            

                Decide que no quiere ser un intento de vida, reflejando el temor existencial de no llegar a ser quien uno es, y el interés ontológico del ser;  preocupación que también expresó en el ensayo ‘Ser o no ser es la divisa’ en donde declara:  “estamos en la era de la definición del hombre, nos referimos al hecho social de ser o no ser...es necesario para todo individuo de esta hora hacer su propia definición y escoger camino en el reajuste del mundo; unos para salvarse y ayudar a salvar a la humanidad, y otros para ser aplastados irremediablemente en la suprema lucha por la supervivencia de la decencia y la justicia” (Cabrera Freiría, 1957, p. 299).  Y añade:  “ser o no ser es la divisa, lo primero nos lleva a la potencialidad del hombre como hecho social innegable, lo segundo nos lleva a la destrucción propia” (Idem).  La expresión “un intento de vida” presupone un tipo de pensamiento horizontal, pensamiento de la diferencia, no de la identidad, remite a que la vida es siempre irredudible, es un totalidad de diferencias, no una identidad”.

                Julia de Burgos sabía que de no asumir el riesgo de ‘ser’ que conlleva confrontar el poder, su vida pasaría a ser “Un juego al escondite con mi ser”.  Cabrera Freiría (1957) señala que en la historia, las voces proféticas como la de Nietzche, que se levantaron en las postrimerías del pasado siglo, producen una nueva filosofía ante la complejidad del presente que se caracteriza por una voluntad de problematizar inquisitivamente la realidad que se vive y profundiza como nunca en la problemática del ser y la existencia.  Añade que, más allá de las ciencias particulares, el hombre busca una antropología filosófica, es decir, se busca a sí mismo con su integridad y unidad esenciales. En este verso Julia refleja el deseo y la necesidad de encontrarse con su ser, marcada influencia Nietzcheniana.  Toda su visión se dió marcadamente polarizada hacia el propio ser o desde el, proyectándose en los elementos en patética voluntad de fundirse con el todo y en cada una de las partes (Cabrera Freiría, 1957).  Por otro lado, los años 30 en Puerto Rico constituyeron tiempo de reflexión histórica y ontológica para el puertorriqueño, lo cual contribuye en su formación intelectual y la emplaza a buscarse a sí misma.  Pero en medio de esa búsqueda, que singularmente traza poéticamente,  Julia de Burgos expresa consistentemente la dicotomía entre su yo interno y su yo social.

                González (1961) afirma que su poesía es un intento de explicación, un diálogo constante de interrogaciones y que Julia aspira a contemplarse en su ser y en su situación porque en el fondo de su poesía hierve la ansiedad metafísica del hombre.  Un segmento del yo de Julia se objetiviza, según las tipificaciones socialmente disponibles, pero el yo social se experimenta subjetivamente como distinto de la totalidad del yo y aún enfrentándose a ella (Berger y Luckmann, 1998, p. 97). 

                Pero yo estaba hecha de presentes afirma decidida demostrando, no sólo su incompatibilidad con las tradiciones del mundo y el poder expresado por las ‘verdades’ de los grupos hegemónicos (González (1961),  sino también el valor y coraje por rescatar el día de hoy.  Para Julia, en ese momento lo que predomina es el aquí y el ahora y no asume proyectos, sino que se enfoca en vivir en un aquí y un ahora en el  que todos los pequeños elementos de la vida cotidiana poseen importancia propia (Maffesoli, Citado en López, 1992).  Julia se aprehende a sí misma esencialmente identificándose con la acción socialmente objetivada, pero reflexiona sobre su acción, objetivando una parte del yo como ejecutante de esa acción (Berger y Luckmann, 1998).

                Este verso también ilustra el planteamiento de Foucalt (1997) en el sentido de que la ideología no es todopoderosa, siempre que hay dominación hay resistencia.  Observamos que, a pesar de que el discurso ideológico prescribía una manera de actuar tradicional que la oprimía,  en su presente surgió la posibilidad de la resistencia.  A la luz de los planteamientos foucaltnianos,  entiendo que cuando Julia declara que estaba hecha de presentes y que sus pies seguían hacia adelante,  sugiere que salió de la jurisdicción en la que los hombres ejercían poder sobre ella y en ese sentido fue capaz de burlar las cenizas para alcanzar el beso de los senderos nuevos.   Julia de Burgos asumió,  en la cotidianidad, en su presente, la acción/decisión de mover sus pies hacia delante ‘bailando al ritmo de otro son”,  su propio son,  son,  son.  La producción de su saber la capacitó para burlar las cenizas y lanzarse a alcanzar el beso de los senderos nuevos. 

                Entiendo que sus pies planos sobre la tierra promisoria no resistían caminar hacia atrás porque una vez rompemos con aquello que detiene nuestro desarrollo o necesidad de libertad, con todo lo doloroso que pueda ser,  surge como una especie de fuerza interna que nos impide volver atrás, más bien nos apetece seguir adelante... La promesa de algo mejor estaba presente, tan presente como lo estaba la esperanza para el puertorriqueño promedio que consideró que viajando a los Estados Unidos resolvería sus problemas económicos y lucharía mejor para recobrar su patria.

                Al burlar las cenizas para alcanzar el beso de los senderos nuevos demuestra la posibilidad de trascender la esfera material del ser a través del fuego que además purifica y elimina todo residuo de lo aprendido, de lo asimilado, dejando las cenizas atrás y extendiéndose hacia lo que está delante.  Sugiere el poder de lucha de la autora, según relatan casi todos sus biógrafos, para burlar la muerte: el fin; para alcanzar la vida: el amor, la felicidad.  El término de la burla sugiere que el sujeto tiene la capacidad de desarrollar estrategias para burlar el poder y moverse con la esperanza de alcanzar el beso de los senderos nuevos -metáfora de placer, del placer que emerge ante lo nuevo, lo porvenir-.  

                Foucalt (1997) también propuso desligar el poder de la verdad de las formas de hegemonía (sociales, económicas y culturales) en el interior de las cuales funciona.  La verdad del ‘beso de los senderos nuevos’ a la que alude Julia de Burgos nos remite a una verdad que coexiste con las verdades hegemónicas, una verdad que incita a burlar las cenizas para movilizarnos a espacios más nuestros y dejar de jugar al escondite con nuestro ser, produciendo otras verdades, las nuestras.  En ese sentido constituye un reto para todas aquellas personas que sientan molestia o cuestionen lo establecido, en tanto lo establecido limite su desarrollo y reduzca sus posibilidades-vía la implementación de sanciones psicológicas, sociales, políticas y económicas. Además, como siempre fue una persona alerta al devenir histórico mundial, conoció de la responsabilidad del hombre al escoger camino; y, en su entrañable comunión con lo propio y el don poético, surgió un espíritu abierto hacia el otro y hacia lo nuevo (Cabrera Freiria, 1957,  p.165).  Este verso   también hace sentido a la luz de que entre las dos guerras mundiales estuvo de moda la búsqueda de lo nuevo y también brilló un afán de justicia social y enmancipación de la mujer y los obreros (González, 1961, p. 13).    

                Podemos constatar el planteamiento foucaltniano de que el poder no es un objeto ni está localizado en una institución, ni en una potencia, es más bien una situación estratégica que surge con cada relación social en la medida en que esa relación presente una desigualdad de fuerzas.   Aunque a través de la lectura percibimos una desigualdad de fuerzas; en términos estratégicos el sujeto o actor social (en este caso Julia de Burgos, la mujer poeta), pudo producir otra instancia de poder y no quedó sometida o paralizada por el poder que prescribía cómo debía comportarse; es decir, el poder que ordenaba cómo debía ser, que demandaba que cumpliera con sus expectativas,  negando sus más profundos deseos. 

                Tal parece que reconoció que la violencia era necesaria para proseguir la ruta trazada y confrontar el poder cuando en sus versos reconoce que “A cada paso adelantado de mi ruta hacia el frente, rasgaba mis espaldas el aleteo desesperado de los troncos viejos”.  El paso se hace rápido, queremos recuperar el tiempo perdido, disfrutar a plenitud la experiencia de libertad...mientras los otros/as intentan desesperadamente impedir el cambio, retenernos. Pero también estos versos nos demuestran que aunque en ocasiones intentara aislarse del mundo, está fatalmente ligada al mismo.   Por otro lado,  la mención de los troncos viejos nos remite a una imagen de árbol viejo pero firme, que permanece, que se sostiene a pesar del paso del tiempo, como también lo hace la ideología dominante.   El tronco es tipo de ‘lo tradicional’ que coexiste con ‘lo novedoso’ y que coquetea para cooptar los intentos de adelantarnos a otros espacios.  Pero Julia de Burgos se sitúa ante lo tradicional, lo social y lo político como creadora, como vanguardista.

                Por eso declara que la rama estaba desprendida para siempre.  Sugiere el verso que cuando llegamos a la convicción de que tenemos que desprendernos del tronco (como metáfora de las expectativas de otros/as en virtud del género y la clase, como metáfora de que la rama debe adherirse al tronco, a la verdad de la ideología dominante, a lo correcto, lo aceptable) ya no hay vuelta atrás, es definitiva la decisión.  No importa qué digan, no importa qué hagan para impedir el cambio, la rama ya está desprendida...para siempre.

                Y a cada nuevo azote la mirada mía se separaba más y más de los lejanos horizontes aprendidos.  Las miradas femeninas se han ido enfocando en otras instancias que nos representan mejor,  a causa de los azotes y golpes recibidos.  Hemos comprendido que la sumisión no funcionó.  La metáfora de los azotes alude a la lucha y esfuerzo que supone el enfrentar al poder y a los intentos de los demás por retenernos, por apaciguarnos.  Pero, mientras más insisten y más nos hieren, más nos separamos del horizonte harto conocido, del horizonte aprendido que nos reprimió y nos mantuvo entretenidas.  El recurso literario de la redundancia en la expresión ‘lejanos horizontes’ establece la insistencia de Julia de Burgos para romper con todo lo tradicional; expresa la quiebra y distanciamiento de la mujer-poeta con las expectativas sociales.  Quedamos fascinadas, sorprendidas con la fuerza que Julia saca ‘de adentro’ y que la lleva a movilizarse;  y mucho más nos confiere energía...como mujeres quedamos emplazadas a movilizarnos.        

                Su rostro fue tomando la expresión que le venía de adentro, la expresión definida que asomaba un sentimiento de liberación íntima porque su ser se llenó de gozo, de placer, de un placer que se refleja en el rostro del que siente que está afirmando quién es, para dónde va, al margen de lo que otros/as deseen.  Esta autoafirmación  emerge cuando validamos nuestros más íntimos y profundos sentimientos y deseos...esta autoafirmación se transforma en libertad.  El verso alude a la nueva filosofía de la época en que ella vivía y que estaba dirigida a la auto-orientación existencial del hombre, responsable de su presente histórico e inserto en él (Cabrera-Freiría, 1957).

                Ya definido su rumbo en el presente,  Julia de Burgos descansa en el aquí y el ahora como alternativa reconfortante, que no la intimida y en la que percibe tener cierto control.  De acuerdo a la propuesta de Foucalt (1997) consideramos que este verso refleja que fue una intelectual ideal al ser capaz de destruir evidencias y universalismos, al señalar e indicar -en las inercias y las sujeciones del presente-  los puntos débiles, las aperturas, las líneas de fuerza, al desplazarse incesantemente y sin saber a ciencia cierta dónde estará ni que pensará mañana, pues tiene centrada toda su atención en el presente.  No cabe la menor duda que Julia de Burgos cae en esta descripción.  A través del poema y de su historia de vida, pudo expresar dónde estaban los puntos débiles y sugerir las aperturas y líneas de fuerza disfrutando el presente,  postura que alude a la noción postmoderna de vivir el aquí  y el ahora sin proyectos, en donde lo que predomina es el presente (Mafessoli, Citado en López, 1992).  El mismo Foucault alude a esta postura postmoderna cuando declaró:  “Estoy escribiendo la historia del presente” (Citado en Ritzer, 1983).

                Julia de Burgos se sintió brote de todos los suelos de la tierra, de los suelos sin historia, de los suelos sin porvenir del suelo siempre suelo si orillas, de todos los hombres y de todas las épocas y proclamó un sentido de trascendencia histórica a través de la poesía, del manejo del lenguaje, identificándose con la naturaleza, con los otros/as -independientemente de la clase social- con un evidente reflejo de amor patrio y una esperanza ante el porvenir.  Y es que “su voz no es una más entre el vocerío de mujeres valerosas, su voz encierra las posibilidades de la germinación en América del ideal de soberanía política, justicia social y de reinvidicación histórico-cultural de Hispanoamérica; ese es el santo y seña de su mensaje; grito y denuncia llena de poder que lanza desde el inhóspito destierro neoyorquino” (Rodríguez Pagán, 1992, p. 3).

                Y así mismo lo afirma en el verso que expresa  “fui toda en mí como fue en mí la vida”.  Sublimes versos que inspiran sentimientos narcisistas de apropiación y disfrute de una misma y que nos motivan a amar/nos.  Esta toma de conciencia alcanza la objetivación, Julia se vuelve a sí misma para examinar el otro polo (González, 1961).  Añade González que de Burgos se estrelló en lo actual, para integrarse en lo eterno, vivió y murió apasionadamente sin rendir uno solo de sus estandartes.  Además,  destaca que “el sentimiento y la intuición le sirvieron para entenderse a sí misma, para develar el enigma de esa contradicción tajante entre ella y lo otro y para amasar con la sangre de su espíritu una criatura imperecedera” (González, 1961, p. 12).

                Yo quise ser como.....Pero yo estaba hecha de presentes;cuando ya los heraldos me anunciaban en el regio desfile de los troncos viejos, se me torció el deseo de seguir a los hombres, y el homenaje se quedó esperándome:  Magistral final que sugiere con mucha fuerza que, aún cuando estemos próximos a alcanzar la cima, el éxito o la fama, en virtud de someternos a las exigencias de otros/as; -si hacerlo significa negarnos a nosotras mismas- no vale la pena, el deseo se tuerce.  Percibimos una fuerza viril en este final expresada a través del verbo ‘torcer’ toda vez que sugiere una agresividad vinculada al género masculino por  la fuerza física que compromete la acción de torcer algo.  Esta fortaleza en Julia de Burgos deviene de la reafirmación del ser y de la decisión de no ser como los demás querían que fuera.  Estuvo dispuesta a renunciar a todo reconocimiento, a pagar las consecuencias del rechazo, a afirmar su desinterés por los ‘manjares’ de los grupos y sectores hegemónicos que ‘recompensan’ a los/as que conforman el modelo. Siempre está él o la que extiende ante nosotros la recompensa, para tentarnos y desviarnos y llevarnos al arrepentimiento, a un sometimiento patológico...a una culpa neurótica, incitándonos para que retomemos el curso ‘debido’ que ellos/as nos premiarán.  Tal parecería, al leer esta estrofa a la luz de la información que nos brinda la biografía de Julia de Burgos, que ella  presentía que el precio era de muerte, de soledad, que nadie podría sostenerse a su lado, toda vez que no estuviera dispuesta a pagar el precio...y así murió sola en un barrio de Nueva York...sin homenajes, pero con la satisfacciones que le vinieron de adentro.

                Julia de Burgos, al igual que en las grandes poetisas de América -Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni y Delmira Agustini- expresó en sus poemas y a través de la vena erótica un grito de liberación de la mujer hispánica que estaba sofocada bajo el peso de prejuicios anacrónicos y de la imagen angelical que los románticos le impusieron (González, 1961, p. 15).  Añade González que la mujer de carne y hueso, la mujer de América,  reclama por la voz de aquellas sus títulos a la vida;  Clara Lair, Altamira Fagot, Marigloria Palma y Julia de Burgos participaron de esa rebelión.  Según González (1961) ese erotismo nunca es morboso deleite sensual, sino la cálida respuesta que la vida da a la vida y destaca que ese desplome de máscaras se esboza al final de este poema: la carne nos brinda en su candente  padecer, la constatación de una verdad ontológica.

                Julia de Burgos ejerció su poder como ser humano al crecer y moverse hacia senderos nuevos,  aquellos senderos que entendió eran más compatibles con su naturaleza libre.  Ella no pertenecía a la clase dominante, pero sus estrategias le permitieron ejercer poder desde los márgenes.  Gramsci (1971) declaró que aunque todos los miembros de la sociedad producen cultura, sólo un pequeño grupo la organiza y propone una perspectiva mayor que permita reconocer la participación que todos los sectores de la sociedad tienen en la producción de la cultura.  En ese sentido, los sectores populares -que consituyen la mayoría- terminan subordinados a la minoría en poder, pero también producen visiones y formas sociales alternas, como ilustra el caso de Julia de Burgos.  Desde las posiciones que ocupó,  pudo afirmar su identidad contestataria y burlar los órdenes, ilustrando que el ejercicio del poder no está concentrado en el Estado (minoría en poder) y que tampoco constituye un lugar privilegiado del poder.

                Foucalt (1997) nos emplaza a sustituir la imagen negativa del poder -que oculta, reprime e impide- por una positiva:  el poder produce lo real, a través de una transformación técnica de los individuos, que en nuestra sociedad recibe un nombre:  normalización.  Los modos o expectativas de acción para la mujer a los que alude Julia de Burgos en este poema evidencian que ella reconocía las instancias de lo ‘real’ según estaban articuladas por el poder a través de lo que era normal o anormal.  Tan es así que alude a la noción de homenaje, como premio al comportamiento idóneo; y/o por el contrario,  al desencantamiento/frustración de los hombres (de un sistema) al negarse a cumplir con lo que querían que ella fuera (pre-determinada socialmente) y cuando reconocieran que ella optó por no seguirlos.  Aunque no se menciona el fenómeno del castigo como estrategia del poder ante la desobediencia, entiendo que se alude.

                El castigo puede ser de carácter psicológico, a través del rechazo, el olvido, la culpa. Por algo terminó desempleada, deambulando por las calles de Nueva York y en 1953 murió sola, presa del alcohol,  en una de las cales del Harlem puertorriqueño, sin identificación.  De acuerdo con Nietzsche (Citado en Lechte, 1994, p. 276) la culpa es la marca del pensamiento reactivo, el pensamiento de los débiles que se dejan gobernar por el resentimiento.  Es el arma que emplean los menos dotados contra los espíritus libres y originales que alcanzan frecuentemente nuevas alturas.

                El poder produce cosas, induce placer, forma saber, produce discursos, hay que considerarlo como una red productiva que pasa a través de todo el cuerpo social en lugar de como una instancia negativa que tiene por función reprimir. (Foucalt, 1997, p. 137). El homenaje al que alude Julia de Burgos en el poema puede producir placer a muchas personas,  las que se mantienen inmersas en situaciones de desigualdad en espera de un reconocimiento o premio.  Por el contrario, en su caso el poder la llevó a producir cosas nuevas, discursos alternos.  ¿Quién hubiera imaginado que 40 años más tarde la obra de esa mujer de espíritu libre y luchador que clamaba justicia y  quien, adelantada a sus tiempos desafiaba a la sociedad con comportamientos que sólo aceptaban de los hombres, podría impactar tan significativamente la vida de tantas mujeres latinoamericanas?  Esa es la prerogativa histórica de la literatura, que nos alcanza y nos transforma y que hace que el poema constituya un discurso autorreflexivo:  el marco que enmarca una realidad, la suya y a través de su lectura se pueda aprehender lo inefable y convertirlo en signo (Navarro Durán, 1998).  En ese sentido la experiencia de encuentro con Julia de Burgos a través de su historia y producción poética constituye una experiencia de carácter social.

                Bajtín (1997) postula que las interrelaciones que ocurren a través de la creación poética constituyen un fenómeno social.  Según Bajtín un texto es la realidad primaria del pensamiento y del sentimiento humano, y “en la poesía la palabra es el escenario del acontecimiento:  una percepción artística competente lo representa, adivinando con mucha sensibilidad en las palabras y sus formas de organización, las vivas y específicas interrelaciones del autor con el mundo por él representado...la palabra es el esqueleto que se llena de carne viva sólo en el proceso de la percepción creativa y, por consiguiente, sólo en el proceso de la comunicación social viva (Bajtín, 1997 p. 128).       

                A través de la expresión poética, tanto vía la lectura como la escritura, podemos ir re-significando intensamente la maravillosa experiencia de lo que es ser mujer, sin pretender asumir una definición totalizante que abarque lo que no debemos estar dispuestas a cerrar, en el sentido de que ser mujer (o ser humano) trasciende la capacidad de escribir/se, de leer/se y más bien puede sentirse y expresarse a través de la intensidad del momento, de la mirada, de la caricia, de la trascendencia del verbo, de la carne y del cuerpo.  A través del lenguaje, del proceso de comunicación dialógica entre la poeta y la lectora, se pueden compartir unas instancias o significados alternos que contribuyen con el proceso de revalorización del ser,  ‘reprogramando’ la data ‘femenina tradicional’ y  reemplazando la misma con material/información más a tono con las transformaciones sociales y económicas de la época.   

                La conciencia del hablante expresa su horizonte conceptual, su intención y visión de mundo, es decir, representa la  ideología o sistema de valores del escritor (Wertsch, 1991).  La ideología implícita en el trabajo de Julia de Burgos representa uno de los fundamentos a los cuales podemos arrimarnos en tanto expresa con mayor justicia el sentir y necesidad del ser humano que ha sido ‘absorvido’ por los valores de la ideología dominante (minoría), la cual nunca representa las necesidades de los grupos oprimidos (mayoría), sino que más bien contribuye a acentuar las distancias y diferencias con el fin de justificar el abuso de poder.  El poema escrito por  Julia refleja la cualidad de dirigirirse hacia otro, el manejo del elemento de direccionalidad.  El enunciado refleja no sólo la voz que lo produce, sino también las voces a las que se dirige y estas voces a las que se dirige pueden ser temporal, espacial y socialmente distantes (Idem, p. 73).  El poema refleja estas capacidades y además destaca el carácter trascendente de los textos, de la palabra escrita  y cómo ambas instancias tienen el poder de contribuir con el desarrollo del pensamiento y la acción humanas.  

.                Rodríguez Arocho (1998) establece que “la lectura y la escritura son herramientas que posibilitan el acercamiento a otras personas, la interpenetración de ideas y la transformación de las realidades que las palabras reflejan y que son herramientas que en el proceso de ser transforman nuestra conciencia porque nos dan un mayor dominio sobre lo que nos rodea (p. 21).   La actividad educativa transcurre en contextos socioculturales e institucionales que deben tomar la experiencia cotidiana como punto de partida para nombrarla y renombrarla, para significarla y resignificarla, según se expande el universo de significados (Rodríguez Arocho, 1998).  

                La vida cotidiana y la experiencias que la enmarcan constituyen un espacio educativo a través del cual aprendemos las ‘grandes lecciones de la vida’ por medio de las actividades que realizamos o participamos.  Vigotski (1998) indicaría que “la dimensión social de la conciencia es primera en los hechos y en el tiempo,  que la dimensión individual es derivada y sigue a la primera y que ambas formas de conciencia se determinan recíprocamente en el curso del desarrollo...la conciencia individual como la social se transforman en el curso de la actividad social”  (Citado en Rodríguez Arocho, 1998, p. 14).

                El origen de la conciencia debe buscarse en las interacciones sociales que caracterizan la actividad humana porque si bien la conciencia puede describirse en términos de procesos particulares (sociales e individuales) sólo puede explicarse dando cuenta de las relaciones que guardan entre sí dichos procesos (Ibid, p. 11).  Según Vigotski (1995) la conciencia se va modificando en virtud de la interacción social y del lenguaje que la posibilita.  González (1961) señala que Julia de Burgos se dió cuenta de que el lenguaje debe ser una comunión de almas y que su poesía es un intento de explicación, un diálogo constante de interrogaciones (p.12).  La propia voluntad de auto-definirse es a tal punto mandato de vida para Julia que aflora desde el trasfondo y se concreta en los contornos del tema poético que problematiza la propia persona cuando utiliza la poesía para hacer su predicamento -que equivale a una interpretación originaria honda, a la encarnación de la propia vida en las categorías simbólicas del lenguaje (Cabrera Freiría, 1957, p. 116).

                La transformaciones que pueden ocurrir en nuestros modos de pensar  nos pueden movilizar a la acción y,  al actuar, no sólo transformaremos el ambiente, sino a nosotros mismos.  Un poema constituye una herramienta semiótica que puede dar forma a la actividad mental que propulse la acción  social.  La semiótica pondera el lenguaje, todos los sistemas de signos y símbolos (expresiones faciales y lenguaje corporal), textos literarios y todas las demás formas de comunicación, elementos fundamentales del comportamiento que se expresan a través de las prácticas cotidianas de la gente y está relacionada con la comunicación y el significado (Wells, Citado en Sebeok, 1996, 54).                 

                La semiótica nos remite a la creatividad, y su método de análisis rompe con el yugo empiricista transformando el objeto/sujeto del discurso empiricista en un objeto/sujeto del discurso semiótico, reconociendo la complejidad identataria del sujeto.  La identidad no es esencial ni homogénea, sino transitoria y múltiple.  Este planteamiento es similar al que hace Foucalt en términos de que el poder vagabundea.   Es decir, Foucalt plantea que el sujeto siempre está moviéndose...¿y en dónde se mueve?  se mueve en la cotidianidad, a través de las prácticas discursivas cotidianas.  Adjudicamos gran parte del valor de la semiótica al carácter transitorio que nos expone a transformar y ser transformados ad infinitum.  El sujeto/objeto del discurso semiótico adquiere una libertad de lo tradicional  y nos emplaza a la creatividad, manifestación o desarrollo de procesos alternos (impartiendo mayor valor a los procesos artísticos) que permiten (¿por qué siempre buscamos el permiso?) expresar las disidencias y/o posturas divergentes.  Al final,  lo que subyace es un proceso de constante transformación a partir de una amalgama de posibles interacciones e interpretaciones.

                Constituye un gran reto aceptar nuestras diferencias con respeto y reconocer nuestros procesos de cambio y desarrollo en la vida cotidiana como representativos de la infinita complejidad y capacidad de transformación de la naturaleza/condición humana.  La realidad puede ser y es constántemente transformada y nosotros, a través de nuestras acciones y experiencias cotidianas,  podemos transformar significativamente esta realidad, a la misma vez que somos transformados por ella.  Resulta evidente, ante los  planteamientos y elaboraciones teóricas esbozadas, así como de la contextualización de los mismos a través de la experiencia cotidiana, la imposibilidad de la psicología de continuar asumiendo una postura de ‘control’ basada en el ideal moderno que alienta la capacidad de predecir el comportamiento -vía la intervención o investigación científica tradicional y/o de patologizar los comportamientos disidentes. 

                Aunque los actores sociales internalizamos y asimilamos los discursos hegemónicos a través del proceso de socialización y asumimos un estilo de vida basado en las ideologías dominantes, la capacidad  para “movernos”,  para “actuar”, “para transformar” y “ser transformados” está siempre latente.  No somos ‘robots’ ni máquinas computarizadas, nuestra capacidad humana trasciende las estructuras rígidas y los cierres categóricos que pretenden encapsular nuestro paradójico sentido del ser.  En ese sentido tenemos que ampliar las propuestas metodológicas que ponderen espacios de investigación más representativos.  Los personajes sociales nos movemos, nuestras subjetividades se transforman incidiosamente; de modo que nuestras categorías de análisis (conceptuales y metodológicas) así como nuestras agendas disciplinarias no tienen que responder a las presiones sociales, económicas y políticas que se generan desde los grupos hegemónicos que intentan dominar y definir la cuadrícula social, sino que deben atender y entrar en el análisis de las manifestaciones cotidianas asumiendo la heterogeneidad y la complejidad.

                La propuesta foucaltniana compartida a la luz de la compañía de una mujer como Julia de Burgos nos provoca/invoca a ser inventivas, móviles, productivas, sin miedos ni remordimientos para alcanzar y besar nuestros propios nuevos senderos.  Hemos reconocido y compartido el valor del propósito histórico de Julia de Burgos en tanto recurso propulsor de la autoafirmación de las mujeres puertorriqueñas en la década de los 40, cuando eran menos las voces que se alzaban defendiendo nuestros derechos, así como su capacidad de trascendencia en la historia a través de su vida y obra poética.  Juntos/as hemos disfrutado de la fortaleza, el poder y la audacia de esta mujer de vanguardia, luchadora que rompió con los esquemas de género y se aventuró a explorar otros horizontes asumiendo -hasta la muerte- las consecuencias. 

                Julia de Burgos fue una genio, de espíritu libre y aventurero, continuemos disfrutando su obra, sintiéndola, significándola, viviéndola hasta la muerte.  Los invitamos a continuar leyendo más de su obra y quien sabe si tal vez nos re-encontremos en medio de otro análisis de la puesta en marcha de la vida cotidiana y entre otras páginas impregnadas de significados, de poder-es, de resistencias, de vivencias, de esperanza...la vida es un gran regalo, es una misteriosa experiencia demasiado maravillosa que amerita el placer de re-crearnos, amarnos, tocarnos, conocernos y darnos, respetando nuestras diferencias.  Continuemos pues con la aventura que nos propone el trayecto y deseamos que la disfruten tanto o más de lo que tal vez lo han hecho hoy.

               

JULIA DE BURGOS:  YO MISMA FUI MI RUTA

 

Yo quise ser como los hombres quisieron que yo fuese:

un intento de vida

un juego al escondite con mi ser.

Pero yo estaba hecha de presentes,

y mis pies planos sobre la tierra promisoria

no resistían caminar hacia atrás,

y seguían adelante,

burlando las cenizas para alcanzar el beso de los senderos nuevos.

A cada paso adelantado en mi ruta hacia el frente

rasgaba mis espaldas el aleteo desesperado

de los troncos viejos.

Pero la rama estaba desprendida para siempre,

y a cada nuevo azote la mirada mía

se separaba más y más de los lejanos

horizontes aprendidos;

y mi rostro iba tomando la expresión que le venía de adentro,

la expresión definida que asomaba un sentimiento

de liberación íntima;

un sentimiento que surgía

del equilibrio sostenido entre mi vida

y la verdad del beso de los senderos nuevos.

Ya definido mi rumbo en el presente,

me sentí brote de todos los suelos de la tierra,

de los suelos sin historia,

de los suelos sin porvenir,

del suelo siempre suelo sin orillas

de todos los hombres y de todas las épocas.

Y fui toda en mí como fue en mí la vida...

Yo quise ser como los hombre quisieron que yo fuese;

un intento de vida;

un juego al escondite con mi ser.

Pero yo estaba hecha de presentes;

cuando ya los heraldos me anunciaban

en el regio desfile de los troncos viejos,

se me torció el deseo de seguir a los hombres,

y el homenaje se quedó esperándome.

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